Sunday, July 09, 2006

Desde cualquier ciudad latinoamericana

Soy un mestizo que trabaja por necesidad. Si no tuviera a ésta acompañádome como lastre no estaría viviendo aquí. Seguramente estaría en alguna playa, con mis cuates, cheleando y fumando churros sin que el costo de la vida importara. Estaría quemándome la piel, nadando en el mar, aburriéndome del ocio, quizá, con mi cuaderno de notas lleno de notas obsesivas, historias sin trama, abortos de libros, presa de la ansiedad que me generaría esa libertad. Por fortuna no nací hijo de padres ricos, así que tengo que ganarme el pan, salir diario a la calle, dormir temprano entre semana y morirme un poco los viernes y los sábados, terapia liberadora de la tensión.. Sobrevivir me es duro en ocasiones y para ello encuentro en el yoga mi terapia y en la escritura mi salvación. Nací condenado a vivir entre los hombres comunes y corrientes. El sabor del Olimpo me ha sido prohibido y entre mis amigos encuentro a otros condenados a no despertar a la hora que se les hinche un miércoles, o irse de bares los jueves. Deploramos la plana resaca de los lunes y cada quincena sale el sol material que nos alimenta y nos permite mantener el hogar.

Soy un hombre latinoamericano que tuvo acceso a la educación de posgrado de su país, dedicada a los mestizos pues los blancos y los hijos de la élite se van al extranjero con los gastos pagados. Parece que vivo en el resentimiento pues fuera de la academia sólo existe el comercio, y muchas veces, rumiando mi rencor, me pregunto qué hice para merecer esto: haberme esmerado en estudiar una carrera innovadora y hallarme un día en la calle, en un país subeducado, sumergido en la corrupción moral acompaña al exceso de dinero. Sentirme el tuerto en el país de ciegos no es siempre agradable. Muchas veces me quedo callado, mudo, pues lo que veo sería incomprensible para los otros ¿O será por eso que escribo?

Mi experiencia del mundo me dice que los ciegos están en todas partes. He conocido a algunos que viven altamente tecnologizados. También me he encontrado con otros tantos lúcidos. En la mayoría de ellos me reconozco, refugiado en la terapia que nos permite mantenerse vivos. Otros tantos, muchos, se han fugado ya del mundo, tanto, que ya no me ven ni yo los veo. Pareciera que vivo en carne propia aquel poema que dice “He visto a las mentes más brillantes de mi generación enloquecer, perderse”. Poesía beatnik.

Unos cuantos brillantes lograron emigrar y refugiarse en Estados Unidos. Otros han construído su vida a la sombra de la tradición y se sumergen sin problemas en ella. Los más viven de la academia por una combinación de necesidad y de gusto que me hace verlos como a los pasajeros de un trasatlántico que surca un mar de nubes. Yo me he quedado afuera de esas opciones y deambulo en el mundo de los mortales, quizá cincuenta millones de mexicanos que viven y que nacen sin más sino que el de la miseria. Las posibilidades de bienestar se han agotado. Lo que queda son ilusiones. Lo mejor de todo es que una televisión hecha en China es lo suficientemente barata para ser comprada por la mayoría, y que eso ayudará a entretenelos mientras se enferman y mueren.

Escribo todo esto para entretenerme, para creer que mi vida tiene algún sentido. Los momentos de escritura son como esas antesalas que uno hace en la vida, mientras reaparece la acción productiva. Otros rezan, otros cantan, los más enmudecen. Soy de aquellos que saben leer los signos de los tiempos y lo consignan, para que quede memoria.

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