Sunday, July 09, 2006

Desde la casa de Big Brother I. Ciudad de México, 2002

Soy un pobre diablo sin vida privada. Esta se agotó entre mi adicción al internet y al sexo. Mis momentos más íntimos dejaron de pertenecerme y se hicieron públicos, lo cual significa que mi intimidad la repartí sin discriminación ni privilegio. Con una vida así las emociones se desgastan en profundidad y ganan la efímera e intensa llama del libertinaje. Sucede el desapego a la memoria sentimental y el tránsito por la vida se convierte en devenir de experiencias de las que no me importa acordarme.

Pasé años en tal circunstancia, sin mayor tregua que la del sueño. Un día me sucedió el milagro de tener una televisión. Digo milagro, pues una de mis convicciones más fuertes era mantenerme alejado de la mente pública, conservarme virgen ante las gamas del comportamiento humano que se exhibe en los televisores. Mas no se puede vivir a los treinta y trés años, edad cabalística, sin saber que pasa por las diversas mentes del mundo y fue así como comenzé a explorar los cuarenta y cinco canales del servicio de cable que los vecinos del edificio nos robamos en conjunto. Me impresionó el contenido cosmopolita de ciertos canales, muy pocos en verdad, o de la frescura emergente en la televisión cultural mexicana. También miré más idiotas que nunca los canales privados de la televisión abierta; más estúpidos porque he leído más libros y porque he vivido situaciones que ellos nunca contemplan en su estrecho universo de sensaciones estándard. Si esa televisión es un reflejo de la mente colectiva de la mayoría de mis connacionales, qué triste conclusión: vivo en una país miserable, ahogado en la inmundicia de su corrupción, reptante entre los escombros de su ineficacia.

Fue en esos días cuando inició Big Brother México y decidí seguirlo. Interesante espectáculo mirar simultáneamente ratones mexicanos encerrados en una jaula, a los patrocinadores de la misma y las estrategias de juego de los creadores y productores y las reacciones de los espectadores del primer plano.

La conducta conservadora de los ratones fue lo primero que me saltó a la vista. La primera noche hablaron de sus bondadosas intenciones que los orillaron a encerrarse, de sus orígenes y aspiraciones, y de cómo todos simulaban traer consigo la voluntad para poner un ejemplo al país de “plantear un Big Brother diferente, muy mexicano”. Las intenciones provenían de una mezcolaza de la filosofía de la superación personal y de la Biblia, principalmente. De los 12 hermanos había uno que era discreto, cauto y distinto. Era el único que manifestaba orígenes y hábitos distintos al del promedio. Era El rasta rapado, un converso del reggae, de esa suave contracultura de la mota, más playera que revolucionaria.

Personajes que mostraron libertad sexual, pereza y habilidades obvias para la intriga fueron los primeros en ser expulsados. La ausencia de conflictos morbosos después de su salida condujo a los productores a animar las escenas con eventos no contemplados en el concepto original, como la participación de invitados especiales e incluso el intercambio de un participante con la versión española. El tedio era evidente. Lo demostraron el poco impacto de los primeros expulsados sobre el público. Semanas antes del fin del programa era fantasmas de la pretensión pantagruélica del reality-show-que-revolucionaría-la-forma-de-hacer-televisión-en-México. Pero se hizo mucho dinero, y en este caso el Pero era la Premisa.

Finalizo contando la historia que se me ocurrió en la tarde antes de la expulsión de El Rasta. Como yogui principiante en ese año de Copa Mundial, sonreí cuando descubrí a El Rasta practicar hasanas en el jardín de la casa, hacia el amanecer, y adiviné el fracaso que padeció al percatarse de la profundad mezquindad y miserabilidad de sus contrincantes. Las mujeres se asociaron para expulsarlo. Los demás hombres tenían sentimientos encontrados hacia él o de plano lo evitaban. Digo que era el participante más lúcido –quería hacer cine, dijo al principio- y la lucidez es la paranoia de la casa oscura. La imaginación es la locura. Sabía que El Rasta no ganaría el juego precisamente por su diferencia y ésta, por mas que nos llenemos la boca con actitudes y discursos, no es tolerable en un país que transite del machismo al mandilonismo, con centros urbanos aparentemente cosmopolitas como Guadalajara o Monterrey pero íntimamente provincianos, o aldeas olvidadas en las sierras donde se vive como hace un siglo. Para el personaje de esa historia que no sé narrar la expulsión de El rasta es una señal de la adquisición de la conciencia de la nación en que se vive, la tierra que se pisa, el conglomerado social en que me muevo.

Big Brother es una celebración de la masificación del olvido de nuestras vidas privadas. Esta noche, después de apagar el televisor me he sentado a escribir, después de mucho no hacerlo, intentando inventarme una vida privada de la cual pueda congratularme el no querer contársela a nadie.


Nota: Los medios de comunicación se han convertido en elementos muy sofisticados del teatro del mundo. Los directores editoriales son los nuevos dramaturgos quienes legitiman cualquier hecho, sea o no verificable, sea ficticio o real. En el mundo contemporáneo el sentido común es dirigido por los medios. Esta postal ha seguido esas reglas del juego.

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