Puente rojo, puente blanco
Cuando adulta, era incansable en la atención de su esposo y sus hijos. Su estufa casi nunca estaba apagada. Sólo eran para ella la hora de la misa y esas horas en que tomaba un camión hacia las afueras de la ciudad, hacia la autopista que iba rumbo a su tierra. Ahí subía a un puente peatonal a contemplar el tránsito de los automóviles que pasaban por debajo, el tráfico que era la sangre de la ciudad. Años más tarde, viuda ya, solía repetir que un día volvería a su pueblo para morir en la tierra de los suyos, rodeada por las colinas boscosas donde había nacido y arrullada por los pájaros y el rumor del viento cuando pasa entre los oyameles.
Se negó a llevar la triste vida de los diabéticos y dejó que la enfermedad destruyera su cuerpo. Se negó a la insulina, a la diálisis, a la dieta, pues había visto a su marido postrarse en cama durante años y agonizar lentamente, conectado a máquinas y sujeto a rutinas médicas. Lo vio reducirse al grado de depender al cien por ciento de su familia. No quiso un final asi para ella, así que una vez muerto él, comenzó a desear morir. Una mañana lo deseó con tanta vehemencia que le sobrevino un ataque de tos que le paralizó el diafragma y luego el corazón.
Asistí a su funeral, amenizado por la música que la hacía feliz cuando joven: canciones con una base instrumental de guitarra, bajo y violín. Las vecinas la vistieron con su traje de novia y la arreglaron como si fuera su boda. La calzaron con unos huaraches de ixtle y cerraron para siempre el ataúd. Rezaron interminables rosarios y la enterraron en un cementerio hermoso al oriente de la ciudad. A pesar de no ser un familiar cercano, no pude evitar el sentirme triste cuando arrojaron flores a su tumba. Pensé entonces en que fue una mujer que jamás realizó sueño alguno pues aunque hubiera regresado a morir a su pueblo, en éste ya no hallaría a personas cercanas que le rezaran al morir, ni pájaros ni bsques de oyamel. Habría encontrado un páramo erosionado, arroyos secos y ruido de motores de maquiladoras, sin un cielo que cobijara de nubes a la noche.
Puente rojo, puente blanco. Cuando salgo de la ciudad por esa autopista veo los puentes peatonales cuyos nombres ella me enseñó.


