Morelia
La noche es fresca este febrero en Morelia. Corre viento en el campo y algunas nubes cubren las estrellas. Es jueves. Hay mucha gente en las calles y en los cafés. Un grupo de artistas locales está sentado junto a mi; visten ropas excéntricas y conversan. Las conversaciones de los artistas tienen mucho de irrealidad: la trampa del arte es tan peligrosa como la de la religión, la de la ciencia o la televisión. El hombre es un animal propenso a generar líderes que conducen al rebaño a las trampas de la fé, ese conjunto de ilusiones que, paradójicamente, nos impiden desquiciarnos ante los destellos de la realidad.
Fuera de su centro histórico, Morelia es como cualquier otra ciudad mexicana globalizada de principios de este siglo: construcciones de estilo diverso que forman un caos visual que en conjunto es uniforme, con árboles escasos y vialidades habitadas por niños y adultos que cohabitan con autos, camiones y tráilers, con centros comerciales, zonas residenciales que parodian los suburbios norteamericanos y unidades habitacionales hechas a base de una casa tipo que se clona y se agrupa en bloques. Como toda ciudad mexicana, Morelia es producto de la ausencia de reflexión: su crecimiento se extiende sobre tierras cultivables, pues de nada sirve saber que la formación de tierra cultivable requiere de miles de años y que la opción de los cultivos hidropónicos y la agricultura en territorio desértico requiere de tecnología que en el futuro ninguna ciudad mexicana será capaz de financiar para alimentarse. La sociedad mexicana es un ejemplo de la no aplicabilidad del conocimiento en la vida cotidiana. Sus hombres se conducen guiados por sus impulsos, sin criterio y sin visión. Al contemplar esto se me antoja una metáfora del hombre latinoamericano como la del individuo que toma un cuchillo para infringirse heridas en las extremidades y dejarse morir en una agonía anestesiada; un animal empeñado en negar la posibilidad de futuro a su descendencia. La nación argentina es un ejemplo contemporáneo. Mi visión pesimista de las cosas me empuja a pensar que no hay remedio y que éste el camino de la evolución.
Hacia el suroeste de Morelia se encuentra Uruapam. El paisaje de colinas semidesérticas cambia al de montañas con bosques trasquilados. El lago de Pátzcuaro surge a la vista con sus aguas plagadas de lirio y porquería. En el camino es común hallar camiones cargados con troncos de árboles. La artesanía local se basa principalmente en la carpintería. Las construcciones antiguas tienen puertas, ventanas y vigas de madera, lo que antoja pensar que muchos de los cerros áridos de alrededor estuvieron poblados por bosques y que la paulatina desertificación del lago se debe a la deforestación. Otro lago de la región, Cuitzeo, tiene porciones bastante grandes convertidas en desierto. Ningún poblado mayor a una aldea existe alrededor de Cuitzeo. Parece que el futuro de Pátzcuaro será el mismo, rodeado por villorrios fantasmas. Quien sabe si en el mediano plazo los habitantes puedan seguir emigrando hacia los Estados Unidos, opción muy frecuente en los últimos años entre los michoacanos. No creo que en veinte años Pátzcuaro pueda aún vivir del turismo, a menos que en ese futuro sea interesante visitar lagos extintos y reservaciones de humanos que se debatan en la miseria. Quizá en ese futuro al turismo de aventura se sume el turismo de morbo antropológico.
Uruapam está rodeado de plantaciones de aguacate. Oro verde le llaman. He visitado a un biólogo molecular que analiza el DNA de todas las variedades cultivadas en la región. El objetivo de su trabajo es mejorar genéticamente a las variedades susceptibles a plagas o con baja calidad del fruto. Conozco a este hombre desde hace años. Tiene experiencia en maíz y frijol; sus planes futuros contemplan analizar variedades de zarzamora y plantas medicinales. Me simpatiza. Es de esos mexicanos que trabajan por salvar a este país aplicando su conocimiento en la resolución de problemas de su sociedad. Ave rara. En esto se parece a otro conocido, biólogo molecular también, que he encontrado en un centro de investigación en Morelia. Su proyecto consiste en montar tecnología que permita clonar especies de ganado mejorado genéticamente. Las voces locales opinan que su trabajo es una mostruosidad, las mismas voces que avalan la deforestación de las montañas y con ello el empobrecimiento de los michoacanos. Para que nuestra descendencia pueda sobrevivir al futuro se tendrá que recurrir a la producción de especies vegetales y animales resistentes a la sequía, al frío o al calor, a las plagas y enfermedades, pues cuando el entorno cambia tan rápido como sucede en esta región la naturaleza no evoluciona a la misma velocidad y no hay forma presente de regenerar el suelo desaparecido bajo la ciudad ¿Cómo piensan las voces conservadoras de hoy que se alimentarán las futuras generaciones? ¿De la ilusión?
La vida está sujeta a un proceso de evolución que implica la muerte de los inadaptados. Se quiera o no es así como la evolución devino en el hombre contemporáneo y es así como éste desaparecerá. Las especies vegetales y animales extintas, los bosques y las lagunas ausentes en Michoacán no desaparecerán solas. Es sólo una cuestión de tiempo. Algo que quien sabe si nuestros nietos podrán contarles a los suyos.
Fuera de su centro histórico, Morelia es como cualquier otra ciudad mexicana globalizada de principios de este siglo: construcciones de estilo diverso que forman un caos visual que en conjunto es uniforme, con árboles escasos y vialidades habitadas por niños y adultos que cohabitan con autos, camiones y tráilers, con centros comerciales, zonas residenciales que parodian los suburbios norteamericanos y unidades habitacionales hechas a base de una casa tipo que se clona y se agrupa en bloques. Como toda ciudad mexicana, Morelia es producto de la ausencia de reflexión: su crecimiento se extiende sobre tierras cultivables, pues de nada sirve saber que la formación de tierra cultivable requiere de miles de años y que la opción de los cultivos hidropónicos y la agricultura en territorio desértico requiere de tecnología que en el futuro ninguna ciudad mexicana será capaz de financiar para alimentarse. La sociedad mexicana es un ejemplo de la no aplicabilidad del conocimiento en la vida cotidiana. Sus hombres se conducen guiados por sus impulsos, sin criterio y sin visión. Al contemplar esto se me antoja una metáfora del hombre latinoamericano como la del individuo que toma un cuchillo para infringirse heridas en las extremidades y dejarse morir en una agonía anestesiada; un animal empeñado en negar la posibilidad de futuro a su descendencia. La nación argentina es un ejemplo contemporáneo. Mi visión pesimista de las cosas me empuja a pensar que no hay remedio y que éste el camino de la evolución.
Hacia el suroeste de Morelia se encuentra Uruapam. El paisaje de colinas semidesérticas cambia al de montañas con bosques trasquilados. El lago de Pátzcuaro surge a la vista con sus aguas plagadas de lirio y porquería. En el camino es común hallar camiones cargados con troncos de árboles. La artesanía local se basa principalmente en la carpintería. Las construcciones antiguas tienen puertas, ventanas y vigas de madera, lo que antoja pensar que muchos de los cerros áridos de alrededor estuvieron poblados por bosques y que la paulatina desertificación del lago se debe a la deforestación. Otro lago de la región, Cuitzeo, tiene porciones bastante grandes convertidas en desierto. Ningún poblado mayor a una aldea existe alrededor de Cuitzeo. Parece que el futuro de Pátzcuaro será el mismo, rodeado por villorrios fantasmas. Quien sabe si en el mediano plazo los habitantes puedan seguir emigrando hacia los Estados Unidos, opción muy frecuente en los últimos años entre los michoacanos. No creo que en veinte años Pátzcuaro pueda aún vivir del turismo, a menos que en ese futuro sea interesante visitar lagos extintos y reservaciones de humanos que se debatan en la miseria. Quizá en ese futuro al turismo de aventura se sume el turismo de morbo antropológico.
Uruapam está rodeado de plantaciones de aguacate. Oro verde le llaman. He visitado a un biólogo molecular que analiza el DNA de todas las variedades cultivadas en la región. El objetivo de su trabajo es mejorar genéticamente a las variedades susceptibles a plagas o con baja calidad del fruto. Conozco a este hombre desde hace años. Tiene experiencia en maíz y frijol; sus planes futuros contemplan analizar variedades de zarzamora y plantas medicinales. Me simpatiza. Es de esos mexicanos que trabajan por salvar a este país aplicando su conocimiento en la resolución de problemas de su sociedad. Ave rara. En esto se parece a otro conocido, biólogo molecular también, que he encontrado en un centro de investigación en Morelia. Su proyecto consiste en montar tecnología que permita clonar especies de ganado mejorado genéticamente. Las voces locales opinan que su trabajo es una mostruosidad, las mismas voces que avalan la deforestación de las montañas y con ello el empobrecimiento de los michoacanos. Para que nuestra descendencia pueda sobrevivir al futuro se tendrá que recurrir a la producción de especies vegetales y animales resistentes a la sequía, al frío o al calor, a las plagas y enfermedades, pues cuando el entorno cambia tan rápido como sucede en esta región la naturaleza no evoluciona a la misma velocidad y no hay forma presente de regenerar el suelo desaparecido bajo la ciudad ¿Cómo piensan las voces conservadoras de hoy que se alimentarán las futuras generaciones? ¿De la ilusión?
La vida está sujeta a un proceso de evolución que implica la muerte de los inadaptados. Se quiera o no es así como la evolución devino en el hombre contemporáneo y es así como éste desaparecerá. Las especies vegetales y animales extintas, los bosques y las lagunas ausentes en Michoacán no desaparecerán solas. Es sólo una cuestión de tiempo. Algo que quien sabe si nuestros nietos podrán contarles a los suyos.

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