Blanca Mérida
La blanca Mérida le dicen todavía algunos. Los folletos de las oficinas de turismo así la nombran, pero de blanca le queda poco una vez que la dictadura de la uniformidad se desvanece. La población aumenta y los migrantes cambian de color las fachadas. Las necesidades comerciales o el deterioro así lo auspician. Después de la Grandes Crisis del final del siglo pasado es más difícil fincar muros blancos y prevalecen las cercas de cartón, de ladrillo, de concreto no revestido. Lo que no cambia es el calor infernal que desgasta a los visitantes como yo, que amanecemos con los ligamentos adoloridos a la mañana siguiente después de una noche sin aire acondicionado. Al mediodía me es difícil pensar y lo único que deseo es agua agua más agua y estar cerca de un ventilador.
Mérida es el centro comercial de la península de Yucatán y se convierte lentamente en una ciuidad industrializada, con exceso de autos ruidosos en su centro y con el aire sucio expelido por los camiones de pasajeros que van desde las 10 hasta la 70, hacia la 111 desde la 33, en ese amasijo de calles numeradas que lo bien facilitan la orientación como hacen predecible el paseo al recién llegado, o igual lo conducen a una trampa de callejones o calles ciegas. La avenida más sobresaliente de la ciudad sigue siendo el Paseo Montejo, boulevard con nombre de cerveza, donde los símbolos del poder económico se asientan desde hace décadas mudando de nombre y de giro: antes era las casas de la Casta Divina, hoy se asientan en sus orillas bancos, restoranes de franquicia, supermercados y sucursales de grandes farmacias. Recuerdo que la primera vez que recorrí la avenida con nombre de cerveza apenas había caído un aguacero y vi un arcoiris completo hacia el oriente, donde la lluvia soleada proseguía. Lindo lugar es Mérida para gozar de la vida cuando el clima es dócil. Su calor infernal me hizo pensar en la influencia del ambiente en la evolución diferencial del hombre; si en verdad en los climas tropicales es difícil pensar y evolucionar desarrollando ideas, generando conocimiento, y que esta labor se facilita en los hombres que viven en climas más templados, e incluso fríos. Ignoro como fue el clima en el tiempo de los Mayas, quizá fueron entes extraterrestres o quizá también a ellos un meteoro les modificó el clima y sus días frescos se convirtieron en ese infierno que en Mérida es difícil de soportar.
Mérida blanca, Mérida linda. Lo que más gozo en ella es la comida y el paisaje campestre plano y monótono que un día me hizo imaginar que los mayas dedicaron su atención al estudio de la estrellas para poder orientarse en esa planicie sin montañas y sin más señal de referencia que los cuatro puntos cardinales, y que conocer la periodicidad de las lluvias fue esencial para el desarrollo de la civilización de esos cabeza dura y grande cuyos descedientes son sirvientes en los hoteles de Cancún.
Mérida, ciudad de divina tristeza, benéfico infierno que me torturó al pensar.
Mérida es el centro comercial de la península de Yucatán y se convierte lentamente en una ciuidad industrializada, con exceso de autos ruidosos en su centro y con el aire sucio expelido por los camiones de pasajeros que van desde las 10 hasta la 70, hacia la 111 desde la 33, en ese amasijo de calles numeradas que lo bien facilitan la orientación como hacen predecible el paseo al recién llegado, o igual lo conducen a una trampa de callejones o calles ciegas. La avenida más sobresaliente de la ciudad sigue siendo el Paseo Montejo, boulevard con nombre de cerveza, donde los símbolos del poder económico se asientan desde hace décadas mudando de nombre y de giro: antes era las casas de la Casta Divina, hoy se asientan en sus orillas bancos, restoranes de franquicia, supermercados y sucursales de grandes farmacias. Recuerdo que la primera vez que recorrí la avenida con nombre de cerveza apenas había caído un aguacero y vi un arcoiris completo hacia el oriente, donde la lluvia soleada proseguía. Lindo lugar es Mérida para gozar de la vida cuando el clima es dócil. Su calor infernal me hizo pensar en la influencia del ambiente en la evolución diferencial del hombre; si en verdad en los climas tropicales es difícil pensar y evolucionar desarrollando ideas, generando conocimiento, y que esta labor se facilita en los hombres que viven en climas más templados, e incluso fríos. Ignoro como fue el clima en el tiempo de los Mayas, quizá fueron entes extraterrestres o quizá también a ellos un meteoro les modificó el clima y sus días frescos se convirtieron en ese infierno que en Mérida es difícil de soportar.
Mérida blanca, Mérida linda. Lo que más gozo en ella es la comida y el paisaje campestre plano y monótono que un día me hizo imaginar que los mayas dedicaron su atención al estudio de la estrellas para poder orientarse en esa planicie sin montañas y sin más señal de referencia que los cuatro puntos cardinales, y que conocer la periodicidad de las lluvias fue esencial para el desarrollo de la civilización de esos cabeza dura y grande cuyos descedientes son sirvientes en los hoteles de Cancún.
Mérida, ciudad de divina tristeza, benéfico infierno que me torturó al pensar.

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