Sunday, July 09, 2006

Meritocratic City, MXC

“La vida no es un sueño eficiente y reprimido, sujeto siempre al capricho de la corporación. La vida trata de las experiencias eternas que surgen en lo cotidiano”

En Meritocratic City la vida no es como debiera ser, por eso siempre hay que perfeccionarla. Se tienen que agregar objetivos y establecer metas. El fin es perpetuar el desarrollo. Se recetan anteojos que cada vez permitan ver más lejos en las pantallas de las computadoras. Se exigen máquinas que cada vez funcionen más rápido. Sus usuarios deben rendir más, maximizar su entrega al fin último. En las horas del recreo, se prefiere seguir mirando una pantalla en lugar de vivir el amanecer y éste no se ve ni siquiera en esas vacaciones planeadas, calendarizadas, financiadas del modo más rentable. Los ojos, sometidos a las condiciones idóneas de luz suficiente para ratones ya no se acostumbran a la luz del sol; se empequeñecen y como es caro envejecer, hay que ponerse gafas para el sol, aquella que políticamete correctas les permita lucir juventud.

En Meritocratic City la juventud es un divino tesoro. Hay que comenzar desde la adolescencia a prepararse para perpetuarla. Después de los 30, cuando comienzan a aparecer los signos de la fuga de la lozanía, se recurre a la terapia, a la autoyuda, a la búsqueda de la trascedencia para no sentirse menos importante. Al fin y al cabo uno ya contribuyó con sus mejores años al sistema y el sistema no dejará que por viejo uno sea desechable.

En Meritocratic City la vista se acostumbra a lo impecable y todo fuera de ella no lo es. Se aplican en la casa los principios de la buena empresa, se conduce así a la familia y al espíritu. Hay reglas para conducirse en todo y cuando se acaba con limpiar la casa y la moral se comienza a lamentar lo mal que está el resto del mundo. Se convierte en deber patrio exportar la solución. Se envían misiones comerciales, se establecen tratados. Tu me das lo que tienes, dicen, y yo te dicto cómo debes vivir. Los nacionales de otras tierras, seres menos desarrollados y sumidos en la ineficiencia y corrupción de sus estados, ceden su autodeterminación a estos flautistas de Hamelín. Su sentido común se desvanece entre los andamios del estándard. Lo stándard es impecable, atractivo, muy bien hecho. Rigurosos manuales de operación avalados ante notario respaldan su fabricación. El aborigen tiene ojos ingenuos porque no le gusta leer ni escribir. No sabe leer libros y mucho menos interpretar situaciones nuevas. Le da miedo y le da pereza pensar por y para sí mismo. Se olvida de privilegiar. Cede.

Entre Meritocratic City y El Resto del Mundo se establece una relación de desigual consecuencia. Uno vive lleno de los lujos que el otro consigue destruyendo el planeta. Uno recibe los dictados para imitar Meritocratic City junto a los huesos de los pobres que nunca entendieron de que se trataba la Historia. Los habitantes de Meritocratic City se ciegan ante las evidencias. Algunos se culpan y se quitan ese peso en la terapia o en las buenas costumbres políticas pero nada cambia. Asi es la historia de la vida, reza el darwinismo social.

La cabeza de los habitantes de Meritocratic City está llena de obsesiones, de manías secretas e invisibles. Los deseos se anudan hasta formar quistes que degenerarán en cardiopatías, en Alzheimer, en cánceres. Estas causas de muerte están bien documentadas y se busca la manera de evitarlas mientras nadie sabe cómo mueren los habitantes de El Resto del Mundo. Eso no es relevante en las noticias ni en la política global de las grandes naciones.

Eso es lo que se ve desde Meritocratic City, sucursal Mexico City. La vista es privilegiada: se trata de la capital del Tercer Mundo, la megalópolis más cercana al Imperio. Aquí se encuentran las corrientes de la modernidad y las tradiciones. Aquí se transita entre el sentido común occidental y la demagogia premoderna. La confusión de los valores es un campo fértil para la ideología y agua estéril para el raciocinio. Asi se ve México a principios del milenio.

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