Friday, July 17, 2009

Caronte


El hombre de la caseta de cobro ya podía identificar a los autos que tendrían un accidente en la autopista. Había nacido con una intuición que le permitía adivinar a las personas que sufrirían un accidente, pero al estar en contacto con tántos conductores a diario, este don se le había refinado. Había rasgos que le permitían saberlo: la velocidad a la que se aproximaban a la caseta, la forma de mirar, en cómo le entregaban el dinero y lo que hacían con el recibo una vez que lo depositaba en sus manos. Incluso, la temperatura del cuerpo. “Hay hombres que saben lo que buscan”, pensaba al tras dar un sorbo de mezcal, acostado en su cama, antes de dormir. Entonces se refugiaba en su propio olor impregnado entre las sábanas o ése olor que quedaba en sus dedos después de la masturbación diaria, el olor de su ropa interior, de su esmegma bajo el glande. El único olor que podía percibir y que le hacía sonreir.

Su sueño era tranquilo. Alguna vez de niño había leído sobre Caronte, el dueño de la barca que conducía a las almas de los muertos a través del río Estigia hacia el Inframundo, en un libro de mitología griega, y el mismo llegó a sentirse un Caronte contemporáneo: recibía monedas y daba un boleto a aquellos elegidos por el destino que después sufrirían un percance en alguna curva traicionera de la carretera que bordeaba un tramo del río Calapa, que marca la división geográfica entre el estado de Puebla y de Oaxaca.

Este Caronte habitaba solitario la misma casa en que había nacido, único hijo sobreviviente de una familia de pastores de cabras, de aquellas que celebran la matanza el día de San Juan. Asexual, su único placer era un caballito de mezcal matateco que compraba en sus vacaciones siempre al mismo destino: la ciudad de Oaxaca. Ningún otro lugar del mundo valía la pena conocer, decía al recordar las tardes que caminaba embriagado de más mezcal por las calles de esa ciudad.

Desde niño, cuando acompañaba al padre a pernoctar en los cerros criando a las cabras, había aprendido a reconocer las constelaciones, y su inteligencia innata le había permitido asociar la posición de éstas con los acontecimientos de cada día, pero era un conocimiento que guardaba para sí y solo empleaba para convencer a los otros de sus deseos. Así se había ganado la confianza de quien lo empleó como cobrador en la caseta. Lo único quele habría gustado aprender, dijo alguna vez al cura de su pueblo, era a leer las líneas de las manos de los hombres, pero en la biblioteca de Tepelmeme no había libros sobre esas artes.

Fue un hombre de pocas palabras cuya muerte sobrevino cerca de cumplir los cincuenta años, una muerte súbita, cuyo cadáver fue descubierto, lleno de hormigas, por pastores de su familia.

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