Saturday, July 18, 2009

Distintos pájaros

El joven extranjero abrió los ojos y miró un techo que no era el habitual. A través de la cortina entraba luz y ésta le permitía ver los objetos de la sala en la que había dormido. La noche anterior no los había visto, pues tras veinte horas de viaje entre aviones y aeropuertos, al llegar a esa sala lo único que deseaba era tumbarse a dormir. En este nuevo día lo rodeaban sonidos de distintos pájaros, voces con un acento cantarino, crujires de pasos sobre duela y por momentos, gotas de lluvia cayendo en las baldosas del patio.

Los días siguientes descubrió un mundo nuevo. Los objetos eran de un acabado más tosco y las vestimentas más simples y humildes, desgastadas, pero la gente sonreía por todo y eran amables. Al principio se sorprendió, después llegó hasta sentirse incómodo por tanto exceso de afabilidad, mas el rechazo se disipó y el comenzó a sonreír también.

Venía a esta tierra a buscar una solución a cierta insatisfacción relacionada con su carrera. Tenía 31 años y aún no se había labrado un nombre en el campo del arte. Nadie citaba sus obras, era difícil conseguir financiamiento para montarlas y el público era escaso, críticos ausentes, sin notas en algún medio impreso que fuera relevante para continuar. Con el paso de los días, fue olvidando esa molestia y se veía departiendo una cerveza o la comida con nuevos amigos, tomando el sol bajo un cielo intensamente azul, con nubes grises que al atardecer se precipitaban en una lluvia refrescante. Al poco tiempo halló trabajo de cocinero, conoció amantes y una mesa junto a una ventana en la que se sentaba a escribir poesía en sus horas de descanso. Ya no más dramas. Mientras trabajaba en la cocina su mente imaginaba una frase inicial que al escribirla le llevaba a escribir hojas y más hojas de poemas que luego recitaba en voz alta antes de dormir. Tan a gusto comenzó a sentirse que canceló el boleto de regreso a su ciudad , a su barrio de bloques de departamentos donde nadie miraba a los ojos del otro y mucho menos le saludaba. Una mañana despertó y supo que sus huesos se quedarían en esta nueva tierra, desintegrándose durante el estío o deslavándose con el verano lluvioso. Moriría ahí y sería enterrado en una tumba sin nombre ni gloria, ya no le importaba el monumento con el que había soñado. Su nombre sería olvidado con el paso de las generaciones. A partir de esa mañana olvidó escribir una pieza teatral más y se dedicó a vivir la poesía de la existencia.

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