Puente rojo, puente blanco
Cuando era una niña cargaba leña en las lomas, trajinaba en la cocina, ayudaba a limpiar el maíz y lavaba la ropa en un arroyo cercano. Luego quiso ver el mundo y emigró a la ciudad de México.
Cuando adulta, era incansable en la atención de su esposo y sus hijos. Su estufa casi nunca estaba apagada. Sólo eran para ella la hora de la misa y esas horas en que tomaba un camión hacia las afueras de la ciudad, hacia la autopista que iba rumbo a su tierra. Ahí subía a un puente peatonal a contemplar el tránsito de los automóviles que pasaban por debajo, el tráfico que era la sangre de la ciudad. Años más tarde, viuda ya, solía repetir que un día volvería a su pueblo para morir en la tierra de los suyos, rodeada por las colinas boscosas donde había nacido y arrullada por los pájaros y el rumor del viento cuando pasa entre los oyameles.
Se negó a llevar la triste vida de los diabéticos y dejó que la enfermedad destruyera su cuerpo. Se negó a la insulina, a la diálisis, a la dieta, pues había visto a su marido postrarse en cama durante años y agonizar lentamente, conectado a máquinas y sujeto a rutinas médicas. Lo vio reducirse al grado de depender al cien por ciento de su familia. No quiso un final asi para ella, así que una vez muerto él, comenzó a desear morir. Una mañana lo deseó con tanta vehemencia que le sobrevino un ataque de tos que le paralizó el diafragma y luego el corazón.
Asistí a su funeral, amenizado por la música que la hacía feliz cuando joven: canciones con una base instrumental de guitarra, bajo y violín. Las vecinas la vistieron con su traje de novia y la arreglaron como si fuera su boda. La calzaron con unos huaraches de ixtle y cerraron para siempre el ataúd. Rezaron interminables rosarios y la enterraron en un cementerio hermoso al oriente de la ciudad. A pesar de no ser un familiar cercano, no pude evitar el sentirme triste cuando arrojaron flores a su tumba. Pensé entonces en que fue una mujer que jamás realizó sueño alguno pues aunque hubiera regresado a morir a su pueblo, en éste ya no hallaría a personas cercanas que le rezaran al morir, ni pájaros ni bsques de oyamel. Habría encontrado un páramo erosionado, arroyos secos y ruido de motores de maquiladoras, sin un cielo que cobijara de nubes a la noche.
Puente rojo, puente blanco. Cuando salgo de la ciudad por esa autopista veo los puentes peatonales cuyos nombres ella me enseñó.
Cuando adulta, era incansable en la atención de su esposo y sus hijos. Su estufa casi nunca estaba apagada. Sólo eran para ella la hora de la misa y esas horas en que tomaba un camión hacia las afueras de la ciudad, hacia la autopista que iba rumbo a su tierra. Ahí subía a un puente peatonal a contemplar el tránsito de los automóviles que pasaban por debajo, el tráfico que era la sangre de la ciudad. Años más tarde, viuda ya, solía repetir que un día volvería a su pueblo para morir en la tierra de los suyos, rodeada por las colinas boscosas donde había nacido y arrullada por los pájaros y el rumor del viento cuando pasa entre los oyameles.
Se negó a llevar la triste vida de los diabéticos y dejó que la enfermedad destruyera su cuerpo. Se negó a la insulina, a la diálisis, a la dieta, pues había visto a su marido postrarse en cama durante años y agonizar lentamente, conectado a máquinas y sujeto a rutinas médicas. Lo vio reducirse al grado de depender al cien por ciento de su familia. No quiso un final asi para ella, así que una vez muerto él, comenzó a desear morir. Una mañana lo deseó con tanta vehemencia que le sobrevino un ataque de tos que le paralizó el diafragma y luego el corazón.
Asistí a su funeral, amenizado por la música que la hacía feliz cuando joven: canciones con una base instrumental de guitarra, bajo y violín. Las vecinas la vistieron con su traje de novia y la arreglaron como si fuera su boda. La calzaron con unos huaraches de ixtle y cerraron para siempre el ataúd. Rezaron interminables rosarios y la enterraron en un cementerio hermoso al oriente de la ciudad. A pesar de no ser un familiar cercano, no pude evitar el sentirme triste cuando arrojaron flores a su tumba. Pensé entonces en que fue una mujer que jamás realizó sueño alguno pues aunque hubiera regresado a morir a su pueblo, en éste ya no hallaría a personas cercanas que le rezaran al morir, ni pájaros ni bsques de oyamel. Habría encontrado un páramo erosionado, arroyos secos y ruido de motores de maquiladoras, sin un cielo que cobijara de nubes a la noche.
Puente rojo, puente blanco. Cuando salgo de la ciudad por esa autopista veo los puentes peatonales cuyos nombres ella me enseñó.

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