Wednesday, July 12, 2006

A propósito de Guanajuato


Juárez dixit:

Desearía que el protestantismo se mexicanizara conquistando a los indios; éstos necesitan de una religión que los obligue a leer y no los obligue a gastar sus ahorros en cirios para santos.

Juárez mismo era un indio trascendido a tal condición.

Y aunque aquí casi no hay indios en el aspecto racial, tienen mucho de conquistados.

Postal desde Irapuato


EEl Bajío se merece una novela contemporánea. Un gran mural del Nuevo Siglo que permita exhibir al resto del país los sentimientos de esta región que, entre otros eventos, ha parido la Independencia Mexicana, la Guerra Cristera, la Transición Democrática conducida por el PAN, las Momias de Guanajuato y a las Poquianchis.

Primero muerta que senshilla, dicen las locas bonaerenses. Quizá esto marque mi tumba.

Yo, tan críptico.

Sunday, July 09, 2006

Playa Chaué, Huatulco, Oaxaca

Antes, tan pronto veía el mar, hacía todo lo posible por meterme al agua y bendecirme por repetir la experiencia de haberme sobrevivido. Eran tiempos en que era azotado por tormentas emocionales que me impedían gozar de mi existencia. Abismos fantasmales en donde caía sin esperanza de salir. El hombre que vive sin dios ni ideología religiosa también está sujeto a malestares, de otra forma no sería humano. Ese tiempo pasó, por fortuna, y dejó tras de sí el panorama desolado de una costa por la que ha pasado una tormenta. Invertí mucho tiempo levantando los nuevos cimientos de mi personalidad adulta: aprendí a reconocer las amenazas de nuevas turbulencias a partir de la lectura de las consecuencias de las pasadas, mientras borraba sus huellas devastadoras, al cuidar de mis cicatrices. Entonces el mar se transformó en símbolo de un fermento a partir del cual surgía la historia de mi vida vista con la óptica condescendiente de quien convalece. Fue cuando abrí los ojos al mundo que se me ofrecía atrás de las tinieblas. Poco a poco se fueron manifestando las glorias de la tierra; sus visiones refrendaban mis ímpetus vitales, mas con ellas aparecieron sombras. No sólo había dunas resplandecientes de fina arena dorada; detrás de ella asomaban cúmulos de basura. Pertenezco a una civilización cuyos residuos sociales y materiales minan el sustrato sobre el cual se sostiene. Ya no me fue posible mirar únicamente el brillo del sol sobre las olas, como hacía antes, tumbado bajo los rayos solares y exacerbadas mis sensaciones por los sicoactivos que corrían por mi sangre. Ahora, ese pasado de emociones intensas es contemplado con sus implicaciones más funestas.

Pongo como ejemplo lo que miro desde esta palapa: El bello oleaje del mar arrastra consigo toxinas imperceptibles que lentamente envenenan la sopa primigenia que ha sido el mar, origen de la vida. El sol induce en las células de mi piel mutaciones que, al acumularse, podrían generar un tumor cancerígeno que acabaría con mis deseos de vivir una prolongada y sana vejez, en la que anhelo contemplar el cumplimiento de mis profecías: todas éstas comparten la noción de que las especies humanas más aptas serán aquellas que desarrollen habilidades para copar con el calentamiento global, el agotamiento de los mantos acuíferos y la violencia social de ello emanada; la evolución de la Humanidad tiene como consecuencia la muerte de las masas menos capaces de mantenerse en un mundo que cambia a una velocidad vertiginosa ¿Quiénes sobrevivirán? Quiero ser testigo de la respuesta.

Deploro el uso de sicoactivos que realizé en la fase final de mi adolescencia tardía, pues al parecer agotó mi capacidad de respuesta ante los estímulos simples. Me he convertido en un ente disector de sus sensaciones. Aún no discierno claramente si se debe a que el umbral de mi sensibilidad para que se manifieste una emoción es alto, o que sólo soy sensible a estímulos complejos. Pienso que es una combinación de ambos. Sólo entonces surge un paisaje emocional que me sublima, como éste que ha tenido como consecuencia la escritura de este texto.

Miro el mar a unos cuantos metros. Veo a los demás revolcarse en sus aguas de inocuidad dudosa, por más que la propaganda de las agencias turísticas trate de infundir confianza a los turistas. Los contemplo, resignado a callar. Intentar explicarles las consecuencias futuras de sus actos presentes es en vano. En mi pasado, como activista ecológico, gasté mucha de mi energía intentando en vano convencer a los organismos internacionales de la necesidad de educar a las poblaciones subdesarrolladas y de apoyar un desarrollo ecoómico sustentable para impedir la destrucción de los sitios aún vírgenes. En mi viaje hacia esta playa he contemplado con tristeza el aniquilamiento de los bosques de la sierra oaxaqueña. En otro tiempo hubiera abandonado mi viaje de placer por intentar detener tal ecocidio. Ahora acepto que el hombre es un animal que lucha por sobrevivir a costa de los otros, que ese instinto va más allá del raciocinio. Que en este país, como en todo el Tercer Mundo, la corrupción, la ignorancia y el peso de las tradiciones son entelequias que labran un futuro siniestro sobre las estirpes humanas que pueblan estos ámbitos. Acepto eso de la forma en que el mesero que atiende en la palapa recibirá con gusto la propina que le dejaré. La propina le permitirá paliar las necesidades inmediatas de su familia. Su descendencia padecerá en el futuro lo que sus connacionales hoy destruyen.

En ocasiones me es difícil soportar estas nociones. Mis elucubraciones traicionan a mi razón y me inducen a pensar que no debo rechazar mi condición humana, que ceda a las ganas que tiene mi cuerpo de tirarse en la arena dorada, de que mi piel se broncee con la ayuda de la sal marina. Recuerdo cuando aprendí a surfear ¿Por qué no olvidarme de ese fardo en que a veces se constituye mi mente analítica e hiperinformada? Soy producto de la evolución de la vida, y como hombre, resultado de la casualidad, de experimentos de la naturaleza realizados a ciegas, sin un hilo conductor más que la prueba y el error. Convencido entonces pierdo mi aliento de pureza, se desvanece el temor a la muerte prematura. Poso mis pies en la arena tibia y me encamino al mar. Que sus aguas mojen mi cuerpo. Libérome entonces del fundamentalismo propio de quien ha sobrevivido a sus tormentas. Dejaré de blandir la vara que juzga los actos de las sociedades para ser un hombre que goza la frescura del agua marina, que permite a sus ojos contemplar las olas desde el ras. En caso de persistir sentado en la orilla, bajo la palapa protectora, me congelaré en el sueño de la persistencia de lo inútil.

Morelia

La noche es fresca este febrero en Morelia. Corre viento en el campo y algunas nubes cubren las estrellas. Es jueves. Hay mucha gente en las calles y en los cafés. Un grupo de artistas locales está sentado junto a mi; visten ropas excéntricas y conversan. Las conversaciones de los artistas tienen mucho de irrealidad: la trampa del arte es tan peligrosa como la de la religión, la de la ciencia o la televisión. El hombre es un animal propenso a generar líderes que conducen al rebaño a las trampas de la fé, ese conjunto de ilusiones que, paradójicamente, nos impiden desquiciarnos ante los destellos de la realidad.

Fuera de su centro histórico, Morelia es como cualquier otra ciudad mexicana globalizada de principios de este siglo: construcciones de estilo diverso que forman un caos visual que en conjunto es uniforme, con árboles escasos y vialidades habitadas por niños y adultos que cohabitan con autos, camiones y tráilers, con centros comerciales, zonas residenciales que parodian los suburbios norteamericanos y unidades habitacionales hechas a base de una casa tipo que se clona y se agrupa en bloques. Como toda ciudad mexicana, Morelia es producto de la ausencia de reflexión: su crecimiento se extiende sobre tierras cultivables, pues de nada sirve saber que la formación de tierra cultivable requiere de miles de años y que la opción de los cultivos hidropónicos y la agricultura en territorio desértico requiere de tecnología que en el futuro ninguna ciudad mexicana será capaz de financiar para alimentarse. La sociedad mexicana es un ejemplo de la no aplicabilidad del conocimiento en la vida cotidiana. Sus hombres se conducen guiados por sus impulsos, sin criterio y sin visión. Al contemplar esto se me antoja una metáfora del hombre latinoamericano como la del individuo que toma un cuchillo para infringirse heridas en las extremidades y dejarse morir en una agonía anestesiada; un animal empeñado en negar la posibilidad de futuro a su descendencia. La nación argentina es un ejemplo contemporáneo. Mi visión pesimista de las cosas me empuja a pensar que no hay remedio y que éste el camino de la evolución.

Hacia el suroeste de Morelia se encuentra Uruapam. El paisaje de colinas semidesérticas cambia al de montañas con bosques trasquilados. El lago de Pátzcuaro surge a la vista con sus aguas plagadas de lirio y porquería. En el camino es común hallar camiones cargados con troncos de árboles. La artesanía local se basa principalmente en la carpintería. Las construcciones antiguas tienen puertas, ventanas y vigas de madera, lo que antoja pensar que muchos de los cerros áridos de alrededor estuvieron poblados por bosques y que la paulatina desertificación del lago se debe a la deforestación. Otro lago de la región, Cuitzeo, tiene porciones bastante grandes convertidas en desierto. Ningún poblado mayor a una aldea existe alrededor de Cuitzeo. Parece que el futuro de Pátzcuaro será el mismo, rodeado por villorrios fantasmas. Quien sabe si en el mediano plazo los habitantes puedan seguir emigrando hacia los Estados Unidos, opción muy frecuente en los últimos años entre los michoacanos. No creo que en veinte años Pátzcuaro pueda aún vivir del turismo, a menos que en ese futuro sea interesante visitar lagos extintos y reservaciones de humanos que se debatan en la miseria. Quizá en ese futuro al turismo de aventura se sume el turismo de morbo antropológico.

Uruapam está rodeado de plantaciones de aguacate. Oro verde le llaman. He visitado a un biólogo molecular que analiza el DNA de todas las variedades cultivadas en la región. El objetivo de su trabajo es mejorar genéticamente a las variedades susceptibles a plagas o con baja calidad del fruto. Conozco a este hombre desde hace años. Tiene experiencia en maíz y frijol; sus planes futuros contemplan analizar variedades de zarzamora y plantas medicinales. Me simpatiza. Es de esos mexicanos que trabajan por salvar a este país aplicando su conocimiento en la resolución de problemas de su sociedad. Ave rara. En esto se parece a otro conocido, biólogo molecular también, que he encontrado en un centro de investigación en Morelia. Su proyecto consiste en montar tecnología que permita clonar especies de ganado mejorado genéticamente. Las voces locales opinan que su trabajo es una mostruosidad, las mismas voces que avalan la deforestación de las montañas y con ello el empobrecimiento de los michoacanos. Para que nuestra descendencia pueda sobrevivir al futuro se tendrá que recurrir a la producción de especies vegetales y animales resistentes a la sequía, al frío o al calor, a las plagas y enfermedades, pues cuando el entorno cambia tan rápido como sucede en esta región la naturaleza no evoluciona a la misma velocidad y no hay forma presente de regenerar el suelo desaparecido bajo la ciudad ¿Cómo piensan las voces conservadoras de hoy que se alimentarán las futuras generaciones? ¿De la ilusión?

La vida está sujeta a un proceso de evolución que implica la muerte de los inadaptados. Se quiera o no es así como la evolución devino en el hombre contemporáneo y es así como éste desaparecerá. Las especies vegetales y animales extintas, los bosques y las lagunas ausentes en Michoacán no desaparecerán solas. Es sólo una cuestión de tiempo. Algo que quien sabe si nuestros nietos podrán contarles a los suyos.

Meritocratic City, MXC

“La vida no es un sueño eficiente y reprimido, sujeto siempre al capricho de la corporación. La vida trata de las experiencias eternas que surgen en lo cotidiano”

En Meritocratic City la vida no es como debiera ser, por eso siempre hay que perfeccionarla. Se tienen que agregar objetivos y establecer metas. El fin es perpetuar el desarrollo. Se recetan anteojos que cada vez permitan ver más lejos en las pantallas de las computadoras. Se exigen máquinas que cada vez funcionen más rápido. Sus usuarios deben rendir más, maximizar su entrega al fin último. En las horas del recreo, se prefiere seguir mirando una pantalla en lugar de vivir el amanecer y éste no se ve ni siquiera en esas vacaciones planeadas, calendarizadas, financiadas del modo más rentable. Los ojos, sometidos a las condiciones idóneas de luz suficiente para ratones ya no se acostumbran a la luz del sol; se empequeñecen y como es caro envejecer, hay que ponerse gafas para el sol, aquella que políticamete correctas les permita lucir juventud.

En Meritocratic City la juventud es un divino tesoro. Hay que comenzar desde la adolescencia a prepararse para perpetuarla. Después de los 30, cuando comienzan a aparecer los signos de la fuga de la lozanía, se recurre a la terapia, a la autoyuda, a la búsqueda de la trascedencia para no sentirse menos importante. Al fin y al cabo uno ya contribuyó con sus mejores años al sistema y el sistema no dejará que por viejo uno sea desechable.

En Meritocratic City la vista se acostumbra a lo impecable y todo fuera de ella no lo es. Se aplican en la casa los principios de la buena empresa, se conduce así a la familia y al espíritu. Hay reglas para conducirse en todo y cuando se acaba con limpiar la casa y la moral se comienza a lamentar lo mal que está el resto del mundo. Se convierte en deber patrio exportar la solución. Se envían misiones comerciales, se establecen tratados. Tu me das lo que tienes, dicen, y yo te dicto cómo debes vivir. Los nacionales de otras tierras, seres menos desarrollados y sumidos en la ineficiencia y corrupción de sus estados, ceden su autodeterminación a estos flautistas de Hamelín. Su sentido común se desvanece entre los andamios del estándard. Lo stándard es impecable, atractivo, muy bien hecho. Rigurosos manuales de operación avalados ante notario respaldan su fabricación. El aborigen tiene ojos ingenuos porque no le gusta leer ni escribir. No sabe leer libros y mucho menos interpretar situaciones nuevas. Le da miedo y le da pereza pensar por y para sí mismo. Se olvida de privilegiar. Cede.

Entre Meritocratic City y El Resto del Mundo se establece una relación de desigual consecuencia. Uno vive lleno de los lujos que el otro consigue destruyendo el planeta. Uno recibe los dictados para imitar Meritocratic City junto a los huesos de los pobres que nunca entendieron de que se trataba la Historia. Los habitantes de Meritocratic City se ciegan ante las evidencias. Algunos se culpan y se quitan ese peso en la terapia o en las buenas costumbres políticas pero nada cambia. Asi es la historia de la vida, reza el darwinismo social.

La cabeza de los habitantes de Meritocratic City está llena de obsesiones, de manías secretas e invisibles. Los deseos se anudan hasta formar quistes que degenerarán en cardiopatías, en Alzheimer, en cánceres. Estas causas de muerte están bien documentadas y se busca la manera de evitarlas mientras nadie sabe cómo mueren los habitantes de El Resto del Mundo. Eso no es relevante en las noticias ni en la política global de las grandes naciones.

Eso es lo que se ve desde Meritocratic City, sucursal Mexico City. La vista es privilegiada: se trata de la capital del Tercer Mundo, la megalópolis más cercana al Imperio. Aquí se encuentran las corrientes de la modernidad y las tradiciones. Aquí se transita entre el sentido común occidental y la demagogia premoderna. La confusión de los valores es un campo fértil para la ideología y agua estéril para el raciocinio. Asi se ve México a principios del milenio.

Blanca Mérida

La blanca Mérida le dicen todavía algunos. Los folletos de las oficinas de turismo así la nombran, pero de blanca le queda poco una vez que la dictadura de la uniformidad se desvanece. La población aumenta y los migrantes cambian de color las fachadas. Las necesidades comerciales o el deterioro así lo auspician. Después de la Grandes Crisis del final del siglo pasado es más difícil fincar muros blancos y prevalecen las cercas de cartón, de ladrillo, de concreto no revestido. Lo que no cambia es el calor infernal que desgasta a los visitantes como yo, que amanecemos con los ligamentos adoloridos a la mañana siguiente después de una noche sin aire acondicionado. Al mediodía me es difícil pensar y lo único que deseo es agua agua más agua y estar cerca de un ventilador.

Mérida es el centro comercial de la península de Yucatán y se convierte lentamente en una ciuidad industrializada, con exceso de autos ruidosos en su centro y con el aire sucio expelido por los camiones de pasajeros que van desde las 10 hasta la 70, hacia la 111 desde la 33, en ese amasijo de calles numeradas que lo bien facilitan la orientación como hacen predecible el paseo al recién llegado, o igual lo conducen a una trampa de callejones o calles ciegas. La avenida más sobresaliente de la ciudad sigue siendo el Paseo Montejo, boulevard con nombre de cerveza, donde los símbolos del poder económico se asientan desde hace décadas mudando de nombre y de giro: antes era las casas de la Casta Divina, hoy se asientan en sus orillas bancos, restoranes de franquicia, supermercados y sucursales de grandes farmacias. Recuerdo que la primera vez que recorrí la avenida con nombre de cerveza apenas había caído un aguacero y vi un arcoiris completo hacia el oriente, donde la lluvia soleada proseguía. Lindo lugar es Mérida para gozar de la vida cuando el clima es dócil. Su calor infernal me hizo pensar en la influencia del ambiente en la evolución diferencial del hombre; si en verdad en los climas tropicales es difícil pensar y evolucionar desarrollando ideas, generando conocimiento, y que esta labor se facilita en los hombres que viven en climas más templados, e incluso fríos. Ignoro como fue el clima en el tiempo de los Mayas, quizá fueron entes extraterrestres o quizá también a ellos un meteoro les modificó el clima y sus días frescos se convirtieron en ese infierno que en Mérida es difícil de soportar.

Mérida blanca, Mérida linda. Lo que más gozo en ella es la comida y el paisaje campestre plano y monótono que un día me hizo imaginar que los mayas dedicaron su atención al estudio de la estrellas para poder orientarse en esa planicie sin montañas y sin más señal de referencia que los cuatro puntos cardinales, y que conocer la periodicidad de las lluvias fue esencial para el desarrollo de la civilización de esos cabeza dura y grande cuyos descedientes son sirvientes en los hoteles de Cancún.

Mérida, ciudad de divina tristeza, benéfico infierno que me torturó al pensar.

Higyenópolis, barrio de Sao Paulo, Brasil

Se trata de un barrio en el centro de Sao Paulo, en Brasil. Sólo en un país como ése podría existir un barrio con ese nombre, fundado en la década de los 30 cuando las familias ricas de la ciudad decidieron construir sus casas en ésta área, lejos de los pobres sucios y enfermos. Hygienópolis era “ciudad higiénica”. Los años pasaron y esa intención se olvidó con el advenimiento de los antibióticos. He visto en Hygienópolis a un hombre que vive bajo un árbol, justo afuera del club de los sucesores de los fundadores del barrio; un club que se sospecha financía a grupos paramilitares de ultraderecha. También he visto a una mujer que esculca en la elegante basura de los vecinos. Se distingue por usar un enorme sombrero de terciopelo negro con forma de hongo. Ellos demuestran que la intención original del barrio ha caducado ¿Democracia ahora y antes no? No lo creo. El mundo se transforma cuando el conocimiento se aplica y se disemina. Los hombres con conocimiento tienen menos barreras que aquellos que se aferran a la tradición. El conocimiento hizo posible a los antibióticos y ello disminuyó el temor de los higienopolistanos de infectarse por el tránsito de los pobres por sus calles.

Hygienópolis es un barrio poblado de torres condominio, con siluetas atractivas, curvas sensuales y colores espléndidos. La ausencia de terremotos propicia las construcciones verticales elevadas. Algunos hombres se rentan para limpiar las torres, para que luzcan acorde con el nombre del barrio. Sus habitantes usan ropa de moda y van a los gimnasios que abundan en la zona. Cuerpos sanos en mentes sanas, esa es la premisa.

En ninguna otra parte de los países que conozco he visto este concepto de la ciudad limpia con un nombre tan obvio. Las Hygienópolis existen en la ciudad de México, son las zonas residenciales del poniente en las que no hay transporte público y el acceso es sólo por auto, donde los guardias de seguridad privada impiden el tránsito de los autos sospechosos. Un auto jodido es un auto sospechoso, por default. Barrios donde se concentran los personajes de las élites: extranjeros que han hecho fortuna en México, los criollos inefables que tienen preferencia para ocupar los puestos de alto mando o los mestizos hábiles en el juego de las relaciones públicas o diestros en el corrupto arte de la política mexicana. Las Hygienópolis mexicanas se nombran con sustantivos como colinas, lomas, bosques, paseos. Evocan parajes silvestres, incitan a evocar la pureza natural. Detrás de todo hay eugenesia, racismo, segregación. Por los comerciales en televisión y las telenovelas que los representan los conoceréis.

Me mueve la envidia, seguro, o el resentimiento. Me mueve también el gusto de contemplar las torres de Hygienópolis desde mi ventana de hotel. Para conocer al monstruo por dentro no hay que temerle. Una vez que el prejuicio de la ideología ha sido expulsado, todo es más fácil de entender.

Si los latinoamericanos no pretediéramos ser tan idiotamente intelectuales, otro gallo nos cantaría.

Desde Brasilia

Conocí Brasília al fin, a los 33 años, y tres semanas después de la cirugía que me corrigió la miopía. Yo decidí la coincidencia feliz. Realizar un sueño de la infancia me ha generado una satisfacción enorme y eso me ayuda a bienvivir. Conocí una ciudad consagrada al Estado brasileño, concebida por un líder carismático y con tintes megalomaníacos para fundar una ciudad-monumento-mausoleo a su memoria y a la del arquitecto de la ciudad. Juscelino Kubrischek y Oscar Niemeyer crearon un gran funeral para ellos mismos que aún persiste en las extrañas vidas de los brasilienses nativos, individuos que aún no se reconocen con una identidad propia y misma que traté de discernir a partir de observar sus apartamentos funcionales, sus tiendas ordenadas, sus avenidas amplias y las ventanas que permiten no sólo ver el edificio de enfrente sino también el horizonte amplio de una ciudad pensada para estimular visualmente a sus habitantes con el orden y su contraste con el cielo.

Curioso gusto el mío. Brasília, una ciudad situada en el extremo arquitectónico de la ciudad de Oaxaca en donde nací, donde la conservación de lo antiguo es ley y allá donde todo lo nuevo es bien recibido.

Desde el pozo de la autoayuda, México 2002

Siempre pretendí ser diferente a los demás. Desde niño cancelé los esfuerzos que mis semejantes hacían por aprender a jugar las canicas y ser los ganadores. De los deportes ni se diga, fui de los más débiles, del círculo de los más torpes a quienes nadie quería tener en su equipo pues era un punto a favor de la derrota. Mis intereses estaban dedicados a leer monografías sobre la historia del mundo, sobre la geografía y costumbres de los países. Fui el primero en mi grupo en aprenderme las ciudades capitales de todas las naciones y en mi memoria cabían las banderas de los países americanos y europeos. Mi conocimiento del planeta me hacía sentir distinto a los otros, y por ello de alguna forma superior. Comenzó a habitar la soberbia en mis actos. Aprendí sin más orientación que la moral católica: privilegiar y a distinguir. Osadía estúpida en un niño miope y gordo que se empecinaba a obtener las calificaciones más altas, objetivo único de su existencia. Sólo deploro de esa actitud el tiempo que me robó al aprendizaje de la convivencia con los otros. Me convertí en un ser huraño, incapaz de iniciar o de sostener conversaciones. El ejercicio de escribir se convirtió en la salida a mis ideas y lo cultivé con cierto pequeño talento que a mis ojos era excepcional. Tuve la fortuna de canalizar mis escritos por los cauces adecuados que estaba a mi alcance. Ya no tengo tristeza al evocar el contexto en que mi primer libro de cuentos fue publicado. Ahora que miro el pavimento mojado imagino las bodegas donde los ejemplares no vendidos se empolvan, si es que aún existen como tal y no han dado luz a nuevo papel.

Ya no puedo renegar de mi pasado. Es demasiado tarde y antes de llegar a los treinta años pasé mucho tiempo examinándolo. Muchos viajes alrededor de mi ombligo me han ilustrado al respecto.

Parece que los niños que son sobreestimados en sus capacidades e incursionan prematuramente en el sistema escolar, tienden a abandonar sus proyectos de gloria con mayor frecuencia que los niños que han seguido un curso normal. Me es difícil sentir arrepentimiento por haber terminado mi doctorado con un ensayo de ficción que estipulaba mi renuncia a la academia. Me abrí otras puertas de percepción del mundo: aquél que consideré vulgar, prosaico, gris. Aquél que juzgué ignorante y desprecié de antemano. En esta incursión afloró mi interés por trasceder mi ego y ahondar en mis posibilidades humanas. Mi actitud hacia la escritura cambió. Me decepcioné del estado de la cultura en mi país, de las formas en que los jóvenes abordan el arte, en busca de becas, de premios, de privilegios. Cada quien. Mi camino no era ése aún y cuando en un momento tuve puertas abiertas para ser parte de la corte oficial, renuncié. Me es difícil, si no imposible, escribir cuentos o plantearme el proyecto de una novela. He pasado del lirismo romántico adolescente a ser un adulto con una visión cáustica sobre el entorno en que se mueve. He adoptado prácticas personales que impiden me ahogue en el cinismo y la amargura. Creo que me estoy liberando de las taras sicológicas que yo mismo me forjé para protegerme del mundo hostil en que me encontré a los dieciséis años cuando emigré de Oaxaca hacia la Ciudad de México. Hago un esfuerzo porque mi energía cree y no se desgaste en el ocio. Escribo para comprenderme a mi mismo y para desarrollar un lenguaje que permita que mis ideas sean leídas por los otros. Estoy harto de ser el diferente indiferente que no hace caso a los demás.

Día 2

Exhibir la intimidad se ha convertido en uuna tendencia global. Desde los programas de televisión denominados reality-show hasta la biografía novelada de Catherine Millet, que aún no leo, y el antecedente a este escrito, una suerte de diario a la que lllamé El Ultimo Instante, un cuaderno de notas que escribí para mis amigos cercanos de ese tiempo, la primavera del año 2000, y que no quiero leer para no avergozarme del estado emocional de ese personaje saturado de drogas y de sexo neurótico que estaba a punto de abandonar su cómoda vida de clasemedia para autoexiliarse en San Blas, Nayarit, un pequeño pueblo de pescadores en el Pacífico, donde encontraría la vida paradisiaca que siempre le negó la batalla por la sobrevivencia. Ahora ese libro es un testimonio escrito desde la desesperación del hombre incapaz de comprender y de aceptar el entorno en que vive. Un libro curioso donde narro mi primera aproximación hacia la filosofía zen, el sadomasoquismo desde un trance en éxtasis. Un texto que a la distancia del tiempo me parece incoherente. A nadie le gusta verse mal en los espejos y ese libro es una suerte de retrato mío del pasado. Preferible compararse con los vinos que mejoran al madurar.

Ahora escribo, con cierta intermitencia, un libro de notas dedicado a mi sobrina quien nació hace apenas un año. Se trata de un libro que me gustaría que leyera cuando cumpliera dieciocho años, edad en la cual tendría la mayoría de edad y podría elegir libremente si lee ese libro o no, licencia que me permite escribir sin censura sobre el mundo que contemplo, la sociedad en la que vivo, de las experiencias privadas y públicas de un tío excéntrico, extravagante, muy distinto del resto de su familia y del contexto social en el que crecerá. Con este libro asumo mi desinterés por el renombre del autor vivo. He optado por la discreción de quien sabe escribe como un náufrago desde una isla desierta. Mis escritos son mensajes enviados en una botella en el mar del tiempo y del espacio. Ya no aspiro a más.

Día 3

Desde niño supe que mi sensibilidad era distinta y difícil de satisfacer con las opciones que existían en mi pueblo. Tenía quice años cuando escuché por primera vez música distinta a la que tenía acceso: fue mi descubrimiento de ese mundo que lejano parecía ser más ancho que la plaza principal de mi pueblo. Salí de allí hace diecisiete años y extrañamente en estos días me ha surgido el ánimo por examinar la diferencia entre el mundo que dejé y el mundo como ahora lo concibo. Conservo rasgos ladinos, mustios, característica de la personalidad oaxaqueña. Repto siguiendo esa impronta, y escribo repto porque siempre me he identificado con la serpiente: recorro espacios sigilosamente, cambio de piel como he cambiado de ocupación, de intereses, de amores y amigos. Sé poco de la vida de las serpientes y ver a una serpiente viva no es algo que me cause agrado. Perro no come perro, como decir que los similares se repelen así como se atraen los contrarios ¿Tengo sensibilidad de serpiente, entonces?

Mi aproximación a lo distinto, a esas orillas marginales dela sensibilidad común es mas bien snob. Mucha de la música que escucho no la entiendo en sus bases musicales. Mi criterio musical no basa su gusto en la calidad musical, sino mas bien en las sensaciones que me despierta. ta naïve es mi enfoque que nunca me ha interesado en entender las canciones cantadas en inglés. Me quedo en el nivel de la sensación pura o del tedio que me inspire, sin intentar comprenderlo. Sin embargo, recientemente he tenido aproximaciones más razonadas hacia el mundo que me rodea. Menos piel y un poco más de seso. Lo que descubro me hace pensar que no conozco el mundo en que he vivido.

Día 4

En ocasiones contadas lamento no ser rico y tener que rentar parte de mi vida para poder mantenerme en la vida cómoda que he adquirido. Tiene un costo mi apartamento y su vista espléndida del barrio, asi como la comida y el café que me gustan y las clases de hatha yoga que me auxilian el cuerpo y por ende el alma. Tiene precio el internet con el que me comunico con los otros y las revistas y los periódicos con las que me alimento del mundo más allá de mis ojos. Los excesos que me seducen no sólo me roban tiempo y energía, sino también dinero. Pago con juventud mis posesiones materiales. Por ahora no me interesa renunciar a ellas y dejarme llevar en el mundo. Mis pies se anclan en la tierra así como mi persona en este apartamento donde como duermo, cojo y sueño.

Pienso con frecuencia en mis vecinos, en sus hijos, en mis coterráneos. Me ha tocado ver un momento de la historia de la Humanidad que se asemeja a aquel tiempo en que coexistieron homínidos y el Homo sapiens que comenzaba a articular el lenguaje. Así, existen en mi tiempo nómadas e indígenas que viven aferrados a sus tradiciones y a sus formas de vida y también están los hombres que tienen el conocimiento para transformar seres vivientes y para crear entidades nanométricas autónomas, por citar sólo dos ejemplos. Puesto que estoy en la zona media al vivir en Ciudad de México, punto de encuentro de estas antípodas, miro a un lado y hacia otro y reflexiono en cuáles serán las mejores formas de dismiuir estas diferencias, de que tan difícil será alcanzar el equilibrio. Comienzo por hallar el equilibrio en mi mismo cuando someto a mi cuerpo a posturas que así lo demandan. Si los baños con agua tibia nos hacen feliz a la mayoría ¿Por qué no preocuparnos en que sean accesibles a la mayoría? ¿O se trata de cultivar el egoísmo?

Madrugada del día 5.

Por un momento me he visto como el hombre que ya no llora por las representacioes duras que puede hacer contra sí mismo. He pasado ese umbral de mi debilidad. Lo que viene después se percibe intenso, atractivo, tan lleno de luz como mi casa. No había disfrutado tanto mi casa y mis discos empolvados como hasta en este momento de mi vida, en la que puedo adivinarme como un pensador interesado en hallar la forma de comunicar la visión que percibe del mundo en que vive junto con sus vecinos, coetáneos y coterráeos. Un hombre que se ha perdido en las trampas que su debilidad le ha puesto. Un hombre que se imagina vive el momento en que el hombre tumbado en la tierra tiene que hacer un esfuerzo para levantarse. Lo hago recontándome mi historia, recurriendo a los vestigios que hay de mi en mi casa, recordando las historias olvidadas.

Puedo ver ahora la fotografía en que me retraté estúpidamente infeliz. Anteriormente no lo había hecho por cobarde y miope. Mi frase ahora es Vé más allá. Antes de esto no había ni la noción de alguna palabra.

Día 6
Algunos días son de furia y contradicción, de rabia y de coraje. Al final de esos días mi voluntad queda lastimada, empujando al cuerpo a dormir temprano, a olvidarme. Mas un extremo de mi mueve hacia la dirección contraria y me empuja a respirar. Después de eso recupero mi vida.


Día 7
Los martes son días especiales. El dicho popular dice que es un dia en que uno no debe comprometerse. Ya una vez hace dos años tomé una decisión en día martes y mi vida cambió. Abandoné todo resabio de pretensión académica y desde entonces vivo mi vida como la todo hombre de edad media que trabaja en mi país estupidizado colectivamente por nosotros mismos, por la inercia que nos aleja de tomar las riendas de nuestras vidas y actuar.

Esta tarde me he sentido desfallecer por el cansancio, por percatarme una vez más de que las cosas en mi país son bastante distintas a como me gustaría que fueran. Estamos atrapados en una red de complicidad que nos mantiene en la mediocridad. Mediocres gobernantes, mediocres vecinos, mediocres estudiantes, mediocres nuestros sueños achatados, planos, tetos, miopes. Creo que olvidaré mi romántico sueño de redención colectiva de una vez por todas y deberé dedicarme a bien vivir mi vida. Creo que ya debo olvidarme de mis confusas pretensiones de correción hacia los otros y dedicarme a crecer con los que quiero.

Me releo y parezco el mismo adolescente entrampado en sí mismo, como si nada me hubiera sucedido en estos años.

Día 8
Un oftalmólogo revisa el interior de mi ojo izquierdo, sospechoso de sufrir en el futuro desprendimiento de retina. Por fortuna todo está bien: campos visuales en buen estado, retinas normales, un poco más de miopía lo que me conduce a decidir que sí, que voy a operarme pues quien sabe en el futuro si la vista sea crucial para mi sobrevivencia. Esta revisión médica ha sido importante para mi autoestima y le he puesto fecha probable a la operación. Reponerse de los impedimentos, corregir los defectos, parece que estoy tomando en serio mis acciones en la vida. Ufff, ni vale la pena preguntar por qué no lo hice antes. Lo importante es que lo estoy haciendo.

Día 9
18.25
Entiendo la rabia del hombre que mira las cosas que la mayoría no percibe y se desalienta ante la incapacidad por convencer a sus vecinos, más obstinados en continuar en el mismo tránsito que en modificar sus acciones. Siento ese coraje, esa rabia, y la manera más fácil de vivir es autodestruyéndome en el alcohol, en la droga, en el ostracismo o la locura. Otra solución sería convertirme en partidiario de alguna secta y dedicar mi energía a la salvación. La salida más difícil es continuar con una labor que quién sabe si algún día tenga sentido práctico. Convertir la rabia en palabras sin sentido es otra de las trampas en las que he caído. Convertir mi vida en un acto de amor hacia mi mismo es lo más incierto y hacia donde no hay camino.

Ya no quiero ser un adicto. Quiero vivir en libertad.

21.13
Cuando era adolescente y me pasaba la vida estudiando y viajando no tenía relaciones con las personas con las que vivía. Todo era mecánico, como un engranaje sórdido que quería evitar y me escapaba en la imaginación hacia fantasías, historias, frases. Cultivé la ficción en ese tiempo.

Esta noche me doy cuenta que el método me salva de mi mismo. Que si quiero conducir la imaginación hacia algo constructivo y contra mí, debo ejercer la ficción, y no debo temer ser el personaje principal. Eso es aprender a privilegiar, a distinguir.

21.16
Ficción uno.
Soy un agente comercial localizado en un cruce de caminos entre Cuba, Estados Unidos, Europa y Brasil. Es una era en la que se están perfilando futuros bloques económicos y distintas tensiones políticas. México es un sitio crucial pues es el país del tercer mundo más cercano al Imperio. Es una plataforma hacia éste o hacia afuera de él. Un país sin más importancia geopolítica que ésa, una sociedad incapaz de producir propiedad intelectual y sin más pretensión que vivir cómodamente en el hoy. Paso de la inmigración centroamericana. Soy un hombre de personalidad extraña en un puesto comercial crucial para Cuba en desarrollo tecnológico. Como buen mexicano vivo en la inconsciencia de mi sitio. Como buen mexicano también tengo una alta autoestima de la imagen falsa de mí y una bajísima autoestima sobre de quien soy en verdad y de lo que significo para mi mismo. Pese a ser hosco y poco social, padezco de los mismos rasgos sicológicos. En el tiempo en que vivo la localidad de una ciudad o un país ya no se definen en un estereotipo de vestimenta, pues ésta se ha globalizado al igual que la alimentación. Una vez que se han homogeneizado estas características físicas las psicológicas son más evidentes y uno puede ser sensible a esas variaciones. Como buen viajero miro donde pongo mis pies y me dejo seducir por lo nuevo y ésto que digo de mi es en lo que soy distinto a los otros, y cuando veo a las personas de mi país veo en que me parezco a ellas. Como si estuviéramos uniformados por la personalidad de una madre colectiva ¿Es ese el sentido de La Patria?


El décimo día

Hoy sucedió el solsticio de verano. La víspera fue tan tormentosa como imagino será un parto. El dolor físico fue fuerte esta mañana y me pesó despertar y ponerme en pie. Más trabajo físico que nada fue el día. Fue bueno desempolvarse y deshacerse de la basura ¡Depurar, renovarse. Qué intenso puede ser y que tan bueno! Quiero reestudiar inglés y esta noche saldré a escuchar música en vivo y ver amigas que no veo desde hace mucho. Quiero renovar mi vida y fortalecerme cuando todo alrededor parece derrumbarse.

Sentirme vivo a partir de este verano, cada vez rompiendo más el cascarón que me limita la realidad. Dejar de ser indiferente a mi indiferencia.

Día 11

La tarde es presa de la luvia y mi cuerpo del sueño. Celebré la llegada del verano con un par de amigas, bailando y bebiendo, contento con mi decisión de ponerle fin al ostracismo en que he deambulado en los últimos años. Decidí ponerle fin al aburrimiento en que ha caído mi vida, repleta de autoayuda terapéutica, de silencios y de convivir únicamente con una persona. Cambio una mano por todas las manos. La vida será mejor así aunque las señales del futuro no sean alentadoras en el beneficio material. De hecho, es como si esta nueva actitud hacia el mundo fuese una forma de prepararme para el desaliento que se avecina (en esta parte apuesto a mi mal tino en los vaticinios lo cual reafirma mi afinidad hacia el pesimismo).

Ficción 2. Me imagino un artista oculto en el subterráneo de lo cotidiano. Me supongo un escritor que maneja la foto, el collage y la escritura para expresar sus sensaciones. Me miro como un oficinista que debajo de su disfraz común y corriente esconde formas de expresión que solo desarrolla para sí, hasta que un día se percata que ha creado un gusto muy especial que sale hacia el mundo, para que otros lo miren y lo enriquezcan. Me imagino viviendo los últimos años de mi vida en plenitud, bastante sabio de mí como para guardar silencio y sólo actuar.

La ficción se confunde con la realidad y la primera vez que me sucedió siendo ya adulto me fue difícil distinguir los linderos, entonces caí en trampas sucesivas que me hubieran arrastrado, de haberlas concretado, a una vida extraña y distinta a la que tengo ahora. Fue mi propia inconsistencia lo que me salvó, paradójicamente. En ese tiempo no existía el concepto de inconsistencia en mi bagaje, cuando era un hábil practicante. Uno no se sabe tuerto hasta que acepta que está deficiente en su visión

Día doce

Continúo manteniendo el esfuerzo por salir del aburrimiento. Retorno a mis fotografías,a mis collages, a la organización de mi taller de trutrú terapéutico. Pienso mucho en asuntos que me interesan, en los que estoy involucrado o en los que me quiero entrometer. Creo que estoy articulando un discurso, una base teórica que sustente mi trabajo experimental con la vida. Miro al mundo de mi entorno como la materia prima de mis sueños y sólo queda en mi el realizarlos. Aclaro, depuro y me propongo llevar mis tareas de autoayuda a la altura del Arte.Sólo así quedaría satisfecho, supongo, mas es difícil estar satisfecho si en la autoayuda yo mismo me propongo revolucionar mi pensamiento y a partir de él lo que me rodea. Revolucionar mis ideas, mis concepciones del mundo, mirar con esos ojos internos al exterior y aprender a actuar en él. Quiero abrir puentes comunicantes entre mis pensamientos y mi entorno. Cada día lo veo como un peldaño distinto en esa conquista de mi mismo. Derribar mis barreras, dejar ir a los temores que ya no me pertenecen. Vivir por mi y con los míos.


Día 13, luna llena
Me siento renovado. He dejado las cargas inútiles y encuentro esperanza al actuar. Todo ese mundo que en ocasiones me preocupa ha disipado su manto de pesadumbre y me encuentro con que puedo cambiarlo. Estoy contento porque estoy encontrando la forma de hacerme escuchar y sentir por los otros.

A diferencia de las noches de luna llena de invierno y de primavera, esta primera luna llena del verano me causa extrañeza. La luna saldrá por un ángulo distinto y éste impide que ilumine con su luz el interior de mi casa. Paradójicamente, es ahora cuando me siento más en contacto con el exterior. Encuentro en mi la energía de mi adolescencia y también la madurez del adulto que soy y que no teme enfrentar a su entorno. Me encuentro valiente, decidido, fuerte. Doy gracias a mi ser por estar en contacto conmigo y a mi persona por buscarlo.

Esta noche de luna llena doy gracias.

Día 16
No quiero calificar de inconsistencia mi falta de atención hacia este escrito los dos días anteriores. No había nada que escribir. A veces pienso que es pura inercia lo que me empuja hacia el teclado, como una gimnasia dactilar que difícilmente redundará en un escrito que podría interesar a un tercero. Lo pienso más de una vez y ya no me importa. Continúo dejando plasmados estos pensamientos como el practicante de yoga que deja ir las ideas que lo persiguen: les abre la puerta para que salgan, las ve pasar y se vacía de ellas.

Hoy ha caído una lluvia intensa. Me he empapado. Hacía tres años que no me dejaba mojar por la lluvia y la última vez que me dejé llevar, perdí el miedo a sentir el agua fría y disfruté saltando entre los charcos. Esta vez temía que mi cuerpo caliente por el ejercicio se enfermara. Todo sale bien después de la ducha tibia y de una cena que fortalecerá mi actitud.

En lo cotidiano me sorprendo de la serenidad con que tomo las cosas. Me sorprendo de la lucidez que a veces puedo expresar en mis ideas y en mis actos. Cada día dudo menos y se que puedo argumentar y resolver. Me siento como si estuviera rehabilitándome, activando partes de mi que estaban olvidadas, dormidas, anquilosadas, entumecidas por la inacción. No me fijo un objetivo preciso. Mi experiencia me indica que sólo la acción sostenida rinde frutos que aparecen y no se perciben en primera instancia, pero que son sólidos, duraderos y que pueden desarrollarse por ellos mismos.

Caen rayos. Una tormenta humedece la ciudad. Noche de jueves. A pesar del tumulto de cambios que suceden en el mundo se que podría afrontar lo peor con entereza. La luna llena ha sucedido.

Día 17
Es viernes de nuevo y luce distinto al de hace una semana. Ahora me he duchado y citado a un amante maduro, inconstante y extrañamente fraternal que hallé en el barrio hace unos meses. Me dispongo, mientras llega, a organizar mi escritorio. Aparece imágenes olvidadas que me gustaría mezclar en mis hojas blancas, aquellas que en ocasiones me asustan ante el vacío de ideas como me asustaba cuando adolescente el no saber qué escribir.

Parece que se continúan rompiendo los diques que me contienen todavía ¿Cómo será cuando el torrente fluya en total libertad?

Día 18
Es imposible decir no a la felicidad, a ese atisbo del paraíso que la intuición te indica encontraré en el proceso de conocer a un hombre maravilloso que encontré anoche en una de las sucursales del infierno. El era Plutón y Eurídice al mismo tiempo, y yo era Orfeo en el intento de seducirlo con palabras, juego amable bajo la música llorona de los mexicanos en un albergue grosero para la lujuria.

Lo reencontraré esta tarde y como siempre cargo conmigo el temor de un desencanto, como si no pudiera librarme de las historias previas tantas veces repetidas, como si en verdad no estuviera atendiéndome en el mundo y no supiera como lidiar con mis demonios.

En verdad que debo hacerlo.

Día 19
La velada ha sido extraordinaria con el nuevo hombre en que me estoy transformando, y la forma en que me presento ante el otro nuevo hombre que he conocido y con quien he compartido mi lecho, a quien he acariciado como hacía mucho no acariciaba a nadie, a quien he besado con una ternura que pensé ya había exiliado de mi vida.

Al amanecer glorioso le sucede un mediodía de confesiones que me genera pesadumbre. Me enojo conmigo mismo por permitir que la molestia de otro me contagie. Detesto esas transferencias. Detesto mis puentes cuando por ellos entra el reproche de otros hacia mí, haciéndome sentir el culpable absoluto de situaciones donde había corresponsabilidad de varios.

Así transcurre la tarde. He pasado del infierno a la terapia y del gozo a la tristeza. La noche vendrá dentro de poco y ojalá algo nuevo suceda en las siguientes horas.

Día 20
El día 20 fue ayer, asi que pasaré al veintiuno.

Día 21
Me he enamorado y puedo observar ese sentimiento como una flama que me consume y pretende devastarme en mi conjunto. Me siento como un aprendiz de equilibrista que todavía conserva lastres que le inducen a la caída. Anoche decía que contemplo este enamoramiento como un reflejo, un acto de esa inercia que me conduce a la obsesión y al destierro. De repente me descubro enfrascado en la memoria de los momentos pasados con el amado y rompo la cautela que me ha movido en estos días. Cedo a mis impulsos de autosabotaje y me encuentro cínico al practicarlo. Pareciera que no puedo liberarme del estigma de la infelicidad y hago todo lo posible por volver a vivir bajo su signo.

En verdad que no quiero eso.

Día 22
A veces me descubro al borde de la inconsistencia y reacciono con equilibrio. Noto entonces que abuso de la palabra descubrir, como si esta fuera temporada de descubrimientos.

Miro junto a la laptop retazos de fotografías de pelícanos en el mar. Me atrae las ganas de hacer un collage con ellas. Tengo ganas de inventar una imagen.

Día 24
(madrugada)
Sudé en exceso la alegría de sentirme vivo y de ser capaz de hacer cosas por mi mismo, como esta noche el haber salido a bailar a un sitio desconocido y nuevo. Soy feliz por haber compartido con otros mi vitalidad, aunque en este frenesí de la vida mi cuerpo vaya agotándose de cansancio.

El sudor elimina aquello que no sirve. Adoro mi sudor, mi olor a carne humana. Con él se van mis obsesiones y mi dolor.


Día 24, cerca del mediodía
Veinticuatro es un número especial, no cabalístico estrictamente hablando pero es el producto de multiplicar 4 x 6, un número cabalístico por otro de poca monta. Siempre he pensado que el producto de la mezcolanza, de la recombinación entre las antípodas son productos interesantes. No tienen la calidad excelsa de lo especial, de la élite, del clan de los elegidos, pero tampoco son evidentemente distiguibles como parte de lo ordinario. En este momento me miro a mi mismo como un veinticuatro, producto sin mucho que decir más que ser por doble partida mestizo, tanto de 4 x 6 y como de 3 x 8.

Día 25
Lo escrito el día veintiséis lo escribo en el espacio correspondiente al veinticinco, pues así se me ha ocurrido como remedio para compensar mi falta de ayer. Mas me he compadecido porque ayer escribí una carta imaginaria en mi lección de inglés que equivale a un escrito como éste. La carta narra uan historia que combina la miseria con la búsqueda extrema de la belleza: una noticia que leí en un diario de Salvador de Bahía sobre la muerte de una joven sirvienta a causa de una infección generalizada que le provocó una inyección de silicona. Ella quería mejorar su cuerpo por lo que contrató los servicios de una trasvesti que decía saber inyectar el material. Mas ambos no contaban con que su ignorancia los llevaría a tan trágico final. El travesti era analfabeto y le inyectó a la joven silicón industrial con una jeringa, sin menor idea de la asepsia de un proceso así.

Esa historia se me quedó grabada y es como una historia típica del Brasil, donde se combinan el deseo por sobresalir con la ingenunidad típica de los países latinoamericanos.

Esto es lo que quería contar hoy sobre lo que conté ayer.


Día 27, es posible, Quién sabe

Una nueva experiencia es hacer algo que normalmente no harías. Ese es el crossover.

Día 28

What about the next day?
Al día siguiente aún no amanecía y si ganas de dormir, vengo a este teclado a contar lo acontecido. Soy capaz de romper mis propios paradigmas, ser más libre en mis decisiones. Soy capaz de experimentar y dirigirme hacia la frontera para hacer un crossover.

Me pareció importante registrar lo hallado esta noche.

Día 29
Otra vez escribo en las primeras horas del día, apenas pasada la medianoche. Me acompaña la música y un viento suave y fresco. Llovió y el sonido de los autos interrumpe el silencio en el barrio. Son sonidos de agua, de charcos.

Ha sido otro día para experimentar una vida distinta, lejos de mis actos obsesivos, de mis persecusiones hacia otro. Me reinvento la vida y ya no me importa que suceda hacia el futuro. Le pierdo el temor al futuro, me de liberado de mi pasado y me deslizo con soltura, con cautela, con cierta temeridad. Voy más allá cada vez.

Día 31
Desaparece la cuenta de los días. Me olvido de esta escritura y continúo. Estoy posiblemente en la mitad de mi vida. Treinta y tres años y enfrente está la cirugía que me aliviará la miopía que me ha acompañado toda la vida. Experimento los últimos días de esta condición a pesar del terror que me da la ceguera de mis pesadillas paranoicas. Todo parece quedarse en suspenso mientras sucede este evento que marcará un parteaguas en mi visión del mundo.

Toda una vida mirando sólo una fracción de lo visible. No es tan impactante como cuando uno ha sido ciego y recupera la visión ¿En qué clase de persona voy a convertirme? ¿Sucederá algo parecido a cuando me redescubrí zurdo y me asimilé en otro ámbito? ¿Cómo cuando asumí totalmente mi personalidad homosexual?

Día 33

Se acerca el fin de la cuenta de estos días, del final de este texto escrito que relata mis últimos días como miope. Voy aceptando que el evento tendrá una fase de sacrificio de mi cuerpo.

He practicado el hatha yoga habienndo fumado mariguana. Mi cuerpo adquiere más flexibilidad al concentrarme más fácilmente en mis músculos y relajarlos. Algunas posturas me son difíciles aún, sin embargo los cambios me son cada vez más visibles: desde una fase de crecimiento acelerado hasta una estabilización que se conlleva de una práctica constante y consistente. Soy feliz pues siento que voy encontrando el equilibrio en todos los aspectos de mi vida. Me siento más completo.

El procesador de palabras marca las oraciones que fallan a las reglas de la sintaxis. No le había prestado atención. Seguramente este programa tiene reglas muy bien definidas y directas, pues señala las oraciones compuestas. Será que mi estilo de escritura es enrevesado y sólo yo entiendo aquello que a los otros les cuesta trabajo leer. Sobre todo si no leen, sobre todo si su alimento del lenguaje proviene de la televisión.

Creo que mi visión tridimensional mejorará después de la cirugía. Aprenderé a ver mejor. Eso espero. Salgo a contemplar el paisaje de la terraza. Es plano. Me cuesta trabajo admirar los volúmenes. Estoy tan interesado en que la cirugía suceda para comparar y escribir después sobre la diferencia.

Día 34
Recientemente ya no consigo el sexo fácil que solía hallar en internet. Mis últimos encuentros han sido de mucha filosofía de la vida y algo de sesera. Me gusta esta aparente mala suerte.

He encontrado desconocidos de mi generación, educados, actuando en su cotidianeidad. Parece que no vivieron sus crisis tan profudamente como yo. Me gusta saber que puedo emparejarme, que puedo continuar a su ritmo después de un periodo en el que caí en la desazón, en el nihilismo.

Me gusta reescuuchar músicas viejas. Me gusta tocar la misma música en distintos aparatos. Muchas formas de la sensibilidad siguen siendo exploradas y son tan infinitas como el universo mismo. Cada quien su búsqueda. Cada quien con sus límites y estándares.

Día 35
Comienzo a recuperar la esperanza en ser alguien como los demás, sin temor a la vida y confiando en el amor. Resulta que esta palabra ha sufrido de muchas manipulaciones en el curso de mi historia y desconfío de ella, más ahora estoy encontrando el concepto de lo que esta palabra implica. En nombre del amor me he mentido y me he negado. Eso no era amor. Cúan confundido, cuán ciego crecí al amor verdadero, ése que es imposible definir.


UNA NUEVA CUENTA

Después de la operación mi fascinación por la nueva vista me alejó de la escritura, del cine, Todas aquellas actividades basadas en mirar hacia un solo plano me distraían. Como si el mal mirar generara vicios visuales. Perdí la cuenta de los días marcados en las páginas anteriores. Perdí la vieja noción de las cosas y adquirí otras. Me siento otro, el ya completo.

Antes de la operación tenía miedo a pararme de cabeza en el Hatha Yoga. Después pude hacerlo y poco a poco he ido avanzando en el dominio de estas asanas. Mi fortaleza física ha mejorado, así como mi lucidez. He dicho a un amigo cercano que pareciera que se han drenado algunos ductos que estaban obstruídos y que impedían mi integridad. Componentes de mi mismo que no estaban conscientes unos de los otros. La vida es distinta desde esta perspectiva que día a día es distinta.

Me siento como el que avanza en un camino sin fin. Ese camino que se forja día a día me conduce a explorar partes de mí a medida que conozco más el mundo.

Comienzo a identificar cuáles son las vertientes que me agradan y cuáles no. Puedo seleccionar las rutas más cortas, o las más largas, o las más fáciles o difíciles, sin temor de perder o de ganar o de que simplemente no suceda nada.

Es una cuestión de aceptar el desapego.

Un sábado, el segundo de noviembre.

Bajo la influencia del alcohol, del café y de la mota, sobrepuesto de una noche de éxtasis, me reconozco como el mismo de siempre mas nuevas experiencias que me hacen reconocer la extensión de mi cuerpo. No lloro,
no sufro. La vida sucede tal y cual es. Los objetos son visibles. Lo sutil es un producto de mi pensamiento y éste es impuro, pese a su pretensión de ser racional y limpio. Pamplinas. La tarde sucede entre las ansias de sexo y de extravío. La conducta pura que he tomado en los últimos meses me coducen a la conclusión de que no hay vida sin gozo de la misma. Me canso de ser una máquina que produce. El mundo es más ancho que mis pretensiones de salario.

Desde la casa de Big Brother I. Ciudad de México, 2002

Soy un pobre diablo sin vida privada. Esta se agotó entre mi adicción al internet y al sexo. Mis momentos más íntimos dejaron de pertenecerme y se hicieron públicos, lo cual significa que mi intimidad la repartí sin discriminación ni privilegio. Con una vida así las emociones se desgastan en profundidad y ganan la efímera e intensa llama del libertinaje. Sucede el desapego a la memoria sentimental y el tránsito por la vida se convierte en devenir de experiencias de las que no me importa acordarme.

Pasé años en tal circunstancia, sin mayor tregua que la del sueño. Un día me sucedió el milagro de tener una televisión. Digo milagro, pues una de mis convicciones más fuertes era mantenerme alejado de la mente pública, conservarme virgen ante las gamas del comportamiento humano que se exhibe en los televisores. Mas no se puede vivir a los treinta y trés años, edad cabalística, sin saber que pasa por las diversas mentes del mundo y fue así como comenzé a explorar los cuarenta y cinco canales del servicio de cable que los vecinos del edificio nos robamos en conjunto. Me impresionó el contenido cosmopolita de ciertos canales, muy pocos en verdad, o de la frescura emergente en la televisión cultural mexicana. También miré más idiotas que nunca los canales privados de la televisión abierta; más estúpidos porque he leído más libros y porque he vivido situaciones que ellos nunca contemplan en su estrecho universo de sensaciones estándard. Si esa televisión es un reflejo de la mente colectiva de la mayoría de mis connacionales, qué triste conclusión: vivo en una país miserable, ahogado en la inmundicia de su corrupción, reptante entre los escombros de su ineficacia.

Fue en esos días cuando inició Big Brother México y decidí seguirlo. Interesante espectáculo mirar simultáneamente ratones mexicanos encerrados en una jaula, a los patrocinadores de la misma y las estrategias de juego de los creadores y productores y las reacciones de los espectadores del primer plano.

La conducta conservadora de los ratones fue lo primero que me saltó a la vista. La primera noche hablaron de sus bondadosas intenciones que los orillaron a encerrarse, de sus orígenes y aspiraciones, y de cómo todos simulaban traer consigo la voluntad para poner un ejemplo al país de “plantear un Big Brother diferente, muy mexicano”. Las intenciones provenían de una mezcolaza de la filosofía de la superación personal y de la Biblia, principalmente. De los 12 hermanos había uno que era discreto, cauto y distinto. Era el único que manifestaba orígenes y hábitos distintos al del promedio. Era El rasta rapado, un converso del reggae, de esa suave contracultura de la mota, más playera que revolucionaria.

Personajes que mostraron libertad sexual, pereza y habilidades obvias para la intriga fueron los primeros en ser expulsados. La ausencia de conflictos morbosos después de su salida condujo a los productores a animar las escenas con eventos no contemplados en el concepto original, como la participación de invitados especiales e incluso el intercambio de un participante con la versión española. El tedio era evidente. Lo demostraron el poco impacto de los primeros expulsados sobre el público. Semanas antes del fin del programa era fantasmas de la pretensión pantagruélica del reality-show-que-revolucionaría-la-forma-de-hacer-televisión-en-México. Pero se hizo mucho dinero, y en este caso el Pero era la Premisa.

Finalizo contando la historia que se me ocurrió en la tarde antes de la expulsión de El Rasta. Como yogui principiante en ese año de Copa Mundial, sonreí cuando descubrí a El Rasta practicar hasanas en el jardín de la casa, hacia el amanecer, y adiviné el fracaso que padeció al percatarse de la profundad mezquindad y miserabilidad de sus contrincantes. Las mujeres se asociaron para expulsarlo. Los demás hombres tenían sentimientos encontrados hacia él o de plano lo evitaban. Digo que era el participante más lúcido –quería hacer cine, dijo al principio- y la lucidez es la paranoia de la casa oscura. La imaginación es la locura. Sabía que El Rasta no ganaría el juego precisamente por su diferencia y ésta, por mas que nos llenemos la boca con actitudes y discursos, no es tolerable en un país que transite del machismo al mandilonismo, con centros urbanos aparentemente cosmopolitas como Guadalajara o Monterrey pero íntimamente provincianos, o aldeas olvidadas en las sierras donde se vive como hace un siglo. Para el personaje de esa historia que no sé narrar la expulsión de El rasta es una señal de la adquisición de la conciencia de la nación en que se vive, la tierra que se pisa, el conglomerado social en que me muevo.

Big Brother es una celebración de la masificación del olvido de nuestras vidas privadas. Esta noche, después de apagar el televisor me he sentado a escribir, después de mucho no hacerlo, intentando inventarme una vida privada de la cual pueda congratularme el no querer contársela a nadie.


Nota: Los medios de comunicación se han convertido en elementos muy sofisticados del teatro del mundo. Los directores editoriales son los nuevos dramaturgos quienes legitiman cualquier hecho, sea o no verificable, sea ficticio o real. En el mundo contemporáneo el sentido común es dirigido por los medios. Esta postal ha seguido esas reglas del juego.

Desde cualquier ciudad latinoamericana

Soy un mestizo que trabaja por necesidad. Si no tuviera a ésta acompañádome como lastre no estaría viviendo aquí. Seguramente estaría en alguna playa, con mis cuates, cheleando y fumando churros sin que el costo de la vida importara. Estaría quemándome la piel, nadando en el mar, aburriéndome del ocio, quizá, con mi cuaderno de notas lleno de notas obsesivas, historias sin trama, abortos de libros, presa de la ansiedad que me generaría esa libertad. Por fortuna no nací hijo de padres ricos, así que tengo que ganarme el pan, salir diario a la calle, dormir temprano entre semana y morirme un poco los viernes y los sábados, terapia liberadora de la tensión.. Sobrevivir me es duro en ocasiones y para ello encuentro en el yoga mi terapia y en la escritura mi salvación. Nací condenado a vivir entre los hombres comunes y corrientes. El sabor del Olimpo me ha sido prohibido y entre mis amigos encuentro a otros condenados a no despertar a la hora que se les hinche un miércoles, o irse de bares los jueves. Deploramos la plana resaca de los lunes y cada quincena sale el sol material que nos alimenta y nos permite mantener el hogar.

Soy un hombre latinoamericano que tuvo acceso a la educación de posgrado de su país, dedicada a los mestizos pues los blancos y los hijos de la élite se van al extranjero con los gastos pagados. Parece que vivo en el resentimiento pues fuera de la academia sólo existe el comercio, y muchas veces, rumiando mi rencor, me pregunto qué hice para merecer esto: haberme esmerado en estudiar una carrera innovadora y hallarme un día en la calle, en un país subeducado, sumergido en la corrupción moral acompaña al exceso de dinero. Sentirme el tuerto en el país de ciegos no es siempre agradable. Muchas veces me quedo callado, mudo, pues lo que veo sería incomprensible para los otros ¿O será por eso que escribo?

Mi experiencia del mundo me dice que los ciegos están en todas partes. He conocido a algunos que viven altamente tecnologizados. También me he encontrado con otros tantos lúcidos. En la mayoría de ellos me reconozco, refugiado en la terapia que nos permite mantenerse vivos. Otros tantos, muchos, se han fugado ya del mundo, tanto, que ya no me ven ni yo los veo. Pareciera que vivo en carne propia aquel poema que dice “He visto a las mentes más brillantes de mi generación enloquecer, perderse”. Poesía beatnik.

Unos cuantos brillantes lograron emigrar y refugiarse en Estados Unidos. Otros han construído su vida a la sombra de la tradición y se sumergen sin problemas en ella. Los más viven de la academia por una combinación de necesidad y de gusto que me hace verlos como a los pasajeros de un trasatlántico que surca un mar de nubes. Yo me he quedado afuera de esas opciones y deambulo en el mundo de los mortales, quizá cincuenta millones de mexicanos que viven y que nacen sin más sino que el de la miseria. Las posibilidades de bienestar se han agotado. Lo que queda son ilusiones. Lo mejor de todo es que una televisión hecha en China es lo suficientemente barata para ser comprada por la mayoría, y que eso ayudará a entretenelos mientras se enferman y mueren.

Escribo todo esto para entretenerme, para creer que mi vida tiene algún sentido. Los momentos de escritura son como esas antesalas que uno hace en la vida, mientras reaparece la acción productiva. Otros rezan, otros cantan, los más enmudecen. Soy de aquellos que saben leer los signos de los tiempos y lo consignan, para que quede memoria.

Revolution is great (desde un viaje de X en el 2001, Ciudad de México)

*
El barrio es una ilusión, cierto, una ilusión conductista, pero influye. Sucede que a veces tenemos miedo de nuestras ideas “democráticas”, sueño en el que todos somos hermanos. Pero eso sólo sucede en un viaje de X-tasy, así que si usted lector no lo ha recorrido se queda sin derecho de juzgar el escrito. La democracia es una fantasía como el Big Brother Mexicano, licencia de los holandeses, espejo de la debilidad de nuestra raza, de nuestra sangre, de lo que genéticamente implica haber sido vecido y sojuzgado y sobrevivido como esclavo. Ojalá y mañana se muriera el Papa, lo digo desde mi corazón profundo, y espero que se cumpla para que así aprendamos a que nosotros somos los constructores de nuestro camino y que éste no ha sido trazado. Y si no lo hacemos, entonces el sueño de Higienópolis, el área del mundo libre de las enfermedades de los pobres, se volverá a cumplir. Lo perverso de este sueño es que cada vez que es descubierto, su ilusión consigue moverse más rápido que el raciocinio, y por tanto, cada vez es más perverso. Elucidarlo es como ese juego chino de los palillos.

*

Yo no soy un budista jodido, pero esto es Iluminación (Bjork)

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Lo más doloroso de las crisis económicas en las sociedades latioamericanas, es la muerte de aquellas mentes prodigiosas que no hallaron forma de encontrar la belleza del mundo, y murieron víctimas del alcoholismo, de las drogas, de la tradición y de la religión.

Yo mero mismo he visto en Oaxaca almas en pena, cuerpos vivos, corazones sin ilusión.

Si yo tuviera ideas fundamentalistas, desde hace mucho hubiera incitado a la rebelión. Solo pretendo ser algo más que un drogadicto. Entonces todo se vuelve ficción e inteligencia del lector.

Con códigos así llegué a Ryuichi Sakamoto, y éste me devolvió al Brasil. El país zurdo.

*

Soy un oaxaqueño que reniega de su tradición. Esa es la mejor forma para entender un mundo global. Al hacerlo, me convierto parodia de Vasconcelos. Sigo siendo víctima del síndrome de Benito Juárez. El mundo me debe algo.

Desde colonia Roma, Ciudad de México

Horacio (en París):


Tu amargura hace eco en la tristeza que siento cuando voy a Oaxaca y veo a mis amigos desempleados, a los jóvenes sin más oportunidad de desarrollo que irse a Estados Unidos. Veo a mi madre llorar cuando sus nietas se regresan a Ciudad de México y recuerdo cómo lloré cuando tenía 16 años y me vine yo también acá, pues allá no era posible vivir con mayores posibilidades. La semana pasada miré las montañas secas, los pueblos habitados sólo por viejos, a los jóvenes que recibe una mala educación para la vida. Pienso en nosotros como una raza condenada a morir en medio de la violencia causada por el hambre y por la sed. Como si nuestra sangre no mereciera permanecer sobre la tierra.

Lo que para tí podrá parecer hedonismo es simple serenidad. Con la mente en calma puedo ver sin sentir dolor, y al no estar distraído por mis emociones no caigo en la trampa de la sensiblería y alcanzo más lucidez. Mas este estado es un equilibrio metaestable. Cuesta trabajo acceder a él. No obstante, sé que puedo regresar pues la vida no es más que una ilusión. En el fondo de mí no hay nada y qué aburrido es vivir engolosinado con la profudidad del ser. Como buen mestizo el vacío me aburre y por eso saturo mis sentidos –hedonísticamente. Sólo me sumerjo en el estanque de la vida.

Desde lejos veo las trampas en que caes. Hace años que son las mismas. Tu también en la distancia has de ver las mías. Si yo fuera tú vendría a México a dejarme querer por quienes me quieren. Yo no podría sufrir como lo haces. Pero cada quien, pero allá tú.

Enviada desde Colonia Roma, Verano 2002
Este blog estará dedicado a la producción que tengo almacenada en el disco duro de mi vieja iMac estilo concha color azul. Se trata de archivos añejados. Básicamente son postales que escribí para una revista en Oaxaca. A medida que vaya consiguiendo fotografías de los sitios reseñados las iré agregando.